CAPÍTULO 8 -SERÉ LIBRE

CAPÍTULO 8 -SERÉ LIBRE

Esa noche — Oficina de Kingston Company

Tras terminar la entrevista del día, Chloe había vuelto a la empresa para ponerse al día con el trabajo pendiente. Para cuando el reloj marcó las seis de la tarde, la reunión con el inversionista por fin llegó a su fin.

Se puso de pie con una sonrisa amable y lo acompañó hasta la salida.

—No se preocupe, señor Thompson. Yo misma le llevaré el contrato a Julian en cuanto lo firme. Le aseguro que esto no va a retrasar el inicio de las obras.

—Señorita Pierce, se lo agradezco muchísimo.

—No hay de qué, es parte de mi trabajo.

El hombre la miró con sincera admiración.

—Sabe... Julian tiene mucha suerte de tener a una esposa tan eficiente y dedicada a su lado.

Lejos de alegrarle el día, esos comentarios le provocaron una punzada de profunda tristeza. Todo el mundo notaba su esfuerzo, su dedicación y su trabajo incansable, cosas que Julian jamás había valorado en tres años. Para los de afuera, ella era la esposa perfecta; para su propio marido, en cambio, solo era una sombra cómoda y sin importancia.

De repente, un viejo recuerdo cruzó por su mente como un cuchillo filoso. Había ocurrido apenas a dos meses de haberse casado, en medio de una de sus raras peleas, cuando él la miró con ese desprecio frío que siempre le guardaba.

«¿Dignidad? Tú no sabes lo que es eso, Chloe. Me atrapaste en este matrimonio y ahora te agarras a él como si fuera lo único que tienes en la vida. Eres patética.»

Chloe parpadeó con fuerza, sacudiéndose el mal recuerdo como si fuera un insecto molesto, y le regaló una última sonrisa de despedida al señor Thompson.

«Esposa», pensó con una amarga ironía. «Muy pronto esa palabra ya no va a significar nada para mí.»

En cuanto el cliente se marchó, su asistente Gio entró a la oficina para dejarle la cena sobre el escritorio.

—Señorita Pierce, ¿cómo le fue en la revisión médica de hoy?

Chloe destapó el envase de la comida y le respondió con una sonrisa tranquila:

—Todo salió bien, no hay de qué preocuparse.

Gio, que bien conocía el ritmo de trabajo de su jefa y los muchos sacrificios que hacía, la miró con preocupación.

—De todos modos debería cuidarse un poco más, señorita Pierce. Aunque ahora su cuerpo aguante este ritmo pesado, al final todo se paga.

Chloe le dio una sonrisa agradecida.

—Lo sé, Gio. Prometo que tendré más cuidado.

Y lo decía de verdad, porque sabía muy bien que en pocos días ya no tendría que aguantar esa vida.

Muy pronto sería libre y una etapa totalmente nueva empezaría para ella.

A pesar de sus propias palabras, apenas terminó de comer, volvió a sumergirse en los papeles y en la computadora.

Cuando la noche cayó por completo sobre la ciudad, ella seguía allí, metida en la oficina haciendo horas extra. No es que le encantara quedarse hasta tan tarde, pero la verdad es que prefería mil veces mantenerse ocupada antes de regresar a esa casa enorme y vacía, donde un marido nunca la esperaba.

(...)

Mientras tanto, Julian estaba cenando en un restaurante elegante por asuntos de negocios, pero ni siquiera los temas de la empresa lograban sacarle a Chloe de la cabeza.

«¿A qué clase de compromiso habrá ido?», se preguntó con fastidio, sin prestarle atención a lo que el inversor le estaba diciendo.

Sin pensarlo dos veces, sacó el teléfono del bolsillo y le mandó un mensaje rápido a Megan, su asistente personal.

Julian: Averigua exactamente a dónde fue mi esposa hoy.

La respuesta de Megan tardó apenas unos segundos en llegar:

Megan: Entendido, señor.

Iba a guardar el aparato cuando el teléfono empezó a sonar de golpe. Era su madre, Evelyn.

Dudó un momento en contestar, pero al final no le quedó de otra; si le colgaba, su madre iba a seguir insistiendo sin parar hasta volverse loca. Así que se disculpó con los clientes, se levantó de la mesa y salió al pasillo para atender.

La voz de Evelyn sonó al otro lado de la línea de inmediato, llena de reproches/

—Julian, ¿te has fijado en la hora que es? ¿Por qué demonios no has vuelto a casa todavía? ¿Es que no puedes calmarte un par de días y portarte como un buen esposo?

Julian rodó los ojos con fastidio.

—Mamá, estoy en medio de una cena de negocios.

—¿Ah, sí? —La voz de su madre destilaba pura desconfianza—. ¿De verdad? ¿O estás otra vez con esa mujer?

Julian apretó la mandíbula con fuerza, a punto de contestarle mal, pero ella no lo dejó hablar.

—No lo puedo creer, Julian. Han pasado tres años y todavía no eres capaz de pasar la página con Vanessa. Hijo... ¿es que no te queda un poco de dignidad? Ella te dejó tirado, se largó sin decir nada, y tú sigues ahí...

La voz de Evelyn se quebró un poco, como si de pronto se acordara de algo muy triste.

—Así que, vete a casa ahora mismo... acompaña a tu esposa... y salva tu matrimonio de una vez.

Al contrario de lo que le habría pasado hace unos días, Julian no sintió rabia.

Esta vez, una sensación rara y pesada se le instaló en el pecho, como si las palabras de su madre hubieran tocado una verdad que él llevaba mucho tiempo queriendo ignorar.

Por primera vez en su vida se sentía... perdido.

Como si el suelo firme bajo sus pies se estuviera agrietando sin que él se diera cuenta.

Para cambiar de tema y levantar otra vez esa barrera de hielo que siempre lo protegía de todos, preguntó con voz floja.

—Mamá, dime la verdad... ¿estás en mi casa ahora mismo?

—Sí, y planeo quedarme una temporada, así que regresa ya. Y otra cosa —añadió Evelyn antes de colgar—: Chloe sigue trabajando tarde en la oficina. Pasa por ella de una vez y regresen juntos a la casa.

Julian se quedó callado por unos segundos.

—Está bien —respondió sin ganas.

Cuando colgó la llamada, se frotó las sienes con la mano, abrió su lista de contactos para buscar el número de su esposa. Se quedó revisando por un buen rato hasta que cayó en cuenta de algo: ni siquiera tenía registrado el teléfono de Chloe.

Tres años de casados y no tenía su número guardado.

Algo incómodo se revolvió en su estómago al darse cuenta de eso.

Pero como la empresa le quedaba de paso en el camino hacia la mansión, decidió no darle más vueltas, subió a su auto y manejó directo para allá.

El guardia de la entrada lo saludó con cara de sorpresa —nadie lo esperaba por ahí a esas horas— y él solo asintió con la cabeza mientras caminaba hacia el ascensor. Las puertas se abrieron en el piso ejecutivo que estaba en penumbras, a excepción de una única luz que se colaba desde el fondo.

Era la oficina de Chloe.

Julian caminó hacia allá con pasos lentos, pero algo lo frenó en seco justo antes de llegar a la puerta.

A través del vidrio esmerilado pudo ver su silueta.

Ella estaba de pie junto a la ventana, dándole la espalda a la entrada, con una mano apoyada contra el cristal frío. La luz de los edificios de afuera se reflejaba en el vidrio, formando como un pequeño brillo a su alrededor.

Se veía tan pequeña, tan frágil y tan sola en medio de toda esa oscuridad.

—Solo un poco más... —le oyó decir —. Solo un poco más y al fin seré libre.

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