El teatro del hotel está iluminado con luces tenues, creando sombras que se mueven como espectros sobre las paredes. Me acomodo en mi asiento, sintiendo el peso de las miradas antes de verlas: Adriana, elegantemente recostada junto a Jesús, su vestido negro contrastando con su traje blanco. Sofía, unos asientos atrás, clavándome sus ojos como agujas envenenadas.
El show comienza, pero las luces y la música pasan como un sueño lejano. Mis dedos tamborilean sobre el brazo del sillón, siguiendo