El ascensor hasta mi habitación parece moverse demasiado lento, como si el universo quisiera darme tiempo para recuperar el aliento. Pero mi corazón sigue galopando, rebelde, recordando cada detalle de Jesús: el traje blanco pegado a sus hombros por el calor, la sombra de su barba de un día, esa mirada que me atravesó como si el tiempo y la distancia nunca hubieran existido.
Me cambio rápidamente, un vestido ligero de lino que se me pega a la piel húmeda, y vuelvo al lobby, donde Adriana me e