La tormenta ruge fuera, las gotas golpean los cristales como advertencias. Pero dentro, en esta habitación cargada de tensiones, solo escucho el latido acelerado de mi propio corazón.
—¿Quieres dejar de jugar? —pregunto dejando la botella sobre la mesa y levantando la barbilla para enfrentarlo —Dejemos de jugar. Pero esto no terminará como tú quieres.
Jesús avanza, su sombra envolviéndome.
—¿Y cómo quiero que termine?
—Como siempre. Conmigo siendo solo otro calentón más.
Sus ojos oscur