La tormenta ha pasado, dejando a su paso un silencio húmedo y fresco que se cuela por la ventana entreabierta. La madrugada pinta el cielo de tonos violáceos, y Jesús, recostado a mi lado, traza círculos lentos sobre mi pecho desnudo con la yema de sus dedos. Su tacto es tan familiar como devastador, cada roce una pregunta sin respuesta.
—Si vas a estar conmigo —digo, rompiendo el hechizo de la quietud—, no puedes seguir con Adriana.
Sus dedos se detienen por un instante, luego continúan su