5. El rey fronterizo

Lyra

No me encadenan. Y eso es lo que más miedo me da. 

Estoy sentada justo frente al lobo más temido de todo el continente: Alaric Varkon, el Rey Fronterizo.

Su porte es incluso más imponente de lo cuentan las historias.

Tiene los ojos entrecerrados, una mano sosteniendo su frente, parecía increíblemente lánguido, pero yo siento que es una bestia aparentemente dormida, lista para abalanzarse y desgarrarme la garganta en cualquier momento.

El carruaje avanza, pero el aire dentro de la cabina se siente pesado.

Él no me ha dicho una sola palabra desde que subimos y eso me tiene los nervios de punta

Pero tengo que admitir que su frialdad no disminuye ni un ápice ese magnetismo aterrador que desprende.

Miré por la ventana con el rabillo del ojo, a cada lado, dos lobos montan en silencio, erguidos, con la mirada fija al frente. 

No me miran. No me hablan. No me ordenan nada.

Mis manos descansaban sobre mi regazo, rígidas, incapaces de dejar de temblar.

Había imaginado grilletes. Cuerdas. Mordazas.

Había imaginado dolor físico.

Pero este silencio… esta ausencia de violencia… era mucho peor.

Soy invisible incluso cuando pertenezco a alguien.

A cada lado del carruaje, podía percibir la presencia de los lobos que nos escoltaban.

Sus pasos sincronizados, el golpeteo uniforme de los cascos, la disciplina absoluta.

No hablaban.

No reían.

No comentaban sobre mí.

Era como si yo no existiera.

Y, sin embargo, sabía que si intentaba escapar, no llegaría ni a dar diez pasos.

Me obligué a respirar hondo, aunque el aire me supiera metálico.

No llores, me ordené. No ahora. No delante de ellos. No delante de nadie.

De repente,  incliné la cabeza hacia arriba, intentando contener las lágrimas, y es ahí cuando me encuentro con esos insondables ojos grises.

El corazón me da un vuelco.

Alaric seguía sin decir una palabra, pero su mirada estaba clavada en mi frente, fija en la marca del lirio que ardía contra mi piel como si fuera hierro candente. 

Era un escrutinio tan intenso que me hizo sentir desnuda, expuesta ante el hombre que me había comprado por una fortuna.

Incapaz de soportar más aquel silencio asfixiante, el impulso ganó la batalla a mi miedo y las palabras escaparon de mis labios:

—¿Por qué? —Fue la segunda vez que esos ojos de un gris metálico se dignan a encontrarse con los míos. Bajo su escrutinio, juro que cada fibra de mi ser comienza a vibrar de puro pánico.

Veo como ladea la cabeza como si tuviera enfrente una criatura indescifrable, aunque supongo que eso es lo que soy para él.

—Vaya, si hablas. Pensé que también eras muda— es lo que dice y el tono burlón.

Siento cómo el vello de mis brazos se eriza y la mandíbula se me tensa hasta doler. 

—No soy muda —repliqué, sosteniendo su mirada con un esfuerzo sobrehumano—. He preguntado... ¿por qué yo?

—¿Por qué no? —se reclina en su asiento, se relaja, pero su mirada permanece aguda—. Te vi, te quise y te compré… Cachorra.

El apodo me golpea como una bofetada y tengo que morderme la lengua para no gruñir en su dirección, pues eso de seguro que es un suicidio.

—No soy una cachorra. Tengo 21 años.

Mis palabras parecen causarle gracia, pues veo como lo que parece una sonrisa burlona se forma en sus labios antes de recorrer todo mi cuerpo con los ojos y decir:

—Pues pareces de quince, están tan flaca  como un palo que dudo que aguantaste un invierno en el Norte.

—... 

Decido no seguir la conversación, es obvio que lo único que quiere es burlarse de mí.

Me abrazo a mí misma dentro del compartimento oscuro, sintiendo cómo el frío de la noche se filtra por las rendijas. El sello de la subasta aún arde en mi mano, una marca que no puedo borrar, aunque frote la piel hasta enrojecerla.

Vendida.

La palabra se repite en mi cabeza como un martillo.

Vendida no por mi aroma.

No por mi fertilidad.

No por mi valor.

Vendida por algo que no entiendo.

Cada vez que cierro los ojos veo su mirada gris clavándose en mí, despojándome de capas que ni siquiera sabía que tenía. 

No me miró como Kael, ni como los lobos vulgares de la subasta. No me miró con deseo, ni con repulsión.

Me miró como si hubiera encontrado una grieta en el mundo.

El carruaje se detiene. A través de una rendija del carruaje distinguí las murallas negras de la fortaleza fronteriza 

Uno de los lobos abre la puerta y me indica con un gesto seco que baje. 

El aire que me golpea es distinto: más frío, más áspero, cargado de una energía que me eriza la piel. 

Frente a mí se alza una fortaleza de piedra oscura, incrustada en la montaña como una herida abierta.

La frontera norte.

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