Mundo ficciónIniciar sesiónLyra
No puedo evitar que mi boca se abra en asombro, esto es como un palacio de la noche.
Es oscuro, pero majestuoso. Aunque al mismo tiempo es… deprimente.
No hay música. No hay antorchas decorativas. Solo vigilancia, disciplina y poder contenido.
Camino entre ellos sin que nadie intente tocarme. No porque no puedan… sino porque no se atreven.
Eso me queda claro cuando atravesamos el gran salón y las conversaciones se apagan a mi paso. Las miradas se clavan en mí con curiosidad contenida, pero nadie se acerca. Nadie aspira. Nadie sonríe.
No es respeto.
Es temor. Temor al hombre que me compró.La piedra bajo mis pies estaba helada. El viento golpeó mi rostro con crudeza, trayendo consigo el olor de la montaña, del hierro, del poder.
—Sigan yo voy ahora —ordenó una voz de mando.
Su aura me invade antes que sus palabras, filtrándose en mis poros.
Me conducen hasta una sala amplia, de muros desnudos y ventanas estrechas. En el centro hay una mesa de piedra y nada más.
Me quedo ahí, sola hasta que un segundo oí el potente sonido de botas golpeando el suelo y el aire parece congelarse.
Alaric Varkon. El Rey Fronterizo.
—Retiraos —dice a los guardias, que ni siquiera noté, sin mirarlos.
Cuando nos quedamos solos, el silencio se vuelve insoportable. Doy un paso atrás sin querer. Él no se mueve.
Me armo de valor y vuelvo a preguntar:
—Ahora sí me dirá ¿Por qué yo?
Da un paso adelante, a solo un centímetro de mí. Baja un poco la cabeza, su aliento rozándome la oreja.
—Ya te lo conteste, cachorra. Pero si quieres que sea más explícito —Se detiene un momento, como si oliera algo, y giro la cara—. Te compré porque puedo comprarte. Y así mismo también puedo deshacerme de ti cuando me plazca así que deja de cuestionarme.
Sus palabras frías me dejan helada en mi lugar y el miedo crece como una avalancha.
Mientras, él camina despacio alrededor de la mesa, observándome desde distintos ángulos, como si evaluara una pieza defectuosa pero valiosa. Mis dedos se clavan en la tela del vestido.
—¿Alguna objeción? —pregunta.
Mi cuerpo estaba rígido de pies a cabeza.
—No —respondo con voz tensa.
—¿No… qué?
Trago saliva, porque sé lo que espera que diga. El título que lo define a él y me va a definir a mi de ahora en adelante y sintiendo como mi voluntad se termina de romper las pronuncio:
—No… amo.
La palabra me raspa la garganta y hace que me ardan los ojos, pero no vpy a llorar. Esto fue lo que elegí.
Era esto o la muerte.
—Mucho mejor —dice, con un deje de burla—. Cada vez que te dirijas a mí será así. “No, amo” o “sí, señor”. ¿Entendido?
Lo maldigo en silencio pues se nota que lo está disfrutando.
—Sí, señor.
—Muy bien, ahora escucha: Aquí no eres una loba más, ni una futura luna—continúa—. No eres una futura reina. No eres una promesa.
Se detiene frente a mí y esas palabras me hacen saber que sabe lo que pasó en mi antigua manada y me lleno de verguenza.
—Eres una omega sin aroma que nadie quiso.
Las palabras deberían destrozarme. Sin embargo no son distintas a todo lo que he venido escuchando a lo largo de mi vida… pero eso no significa que duela menos. Solo se recibir el golpe.
—¿Entendido? —pregunta.
Asiento.
—Bien. Regla número uno: no sales de esta fortaleza sin escolta. Regla número dos: no hablas con nadie que yo no autorice. Regla número tres…
Sus ojos bajan un segundo a la marca de lirio en mi frente.
—Nunca, bajo ninguna circunstancia, permitas que alguien intente olerte.
El corazón me da un vuelco. Eso no tiene sentido.
—Pero… no huelo a nada —susurro.
Sus labios se curvan apenas. No es una sonrisa.
—Exacto. Ahora ve a tu recámara. No salgas hasta que una doncella venga a buscarte para comer.
Sin decir más se gira, dándome la espalda como si ya no existiera.
Sigo a uno de los guardias hasta una torre lateral. Cuando abrió la puerta de la habitación, me preparé para lo peor.
Y me quedo inmóvil.
La estancia es amplia. Demasiado.
Hay una cama grande, muebles sólidos, una chimenea encendida. Ventanales altos dejaban entrar la luz de la luna… protegidos por gruesas rejas.
Y es ahí cuando me doy cuenta de lo que todo es en realidad: Una jaula elegante y yo soy la atracción principal.
—Aquí dormirás —dijo el guardia antes de retirarse.
Recorro la habitación con cautela, tocando las telas limpias, los muebles bien cuidados. Esto es infinitamente mejor que el cuarto estrecho y oscuro que había tenido en la casa de mi padre.
Y esto me desconcierta.
¿Por qué darme esto? Me esperaba una zona del servicio o un calabozo oscuro, pero esto… parece más bien la habitación de una concubina.
Un escalofrío me recorre la espalda. Mi corazón comienza a martillear contra mis costillas.
Nada en este mundo era gratis, y menos viniendo de un hombre como Alaric Varkon. ¿Qué pretendía obtener de una loba que no tiene aroma ni utilidad?
Esa pregunta es lo único en mi mente ahora, pero no tengo respuestas y lo mejor es no seguir preguntando, así que hago lo que si puedo: Trato de calmarme.
Me doy un baño largo, dejando que el agua caliente relaje mis músculos tensos. Por un instante, permito que el cansancio me venza
No confíes, me advierto. Nada aquí es un regalo. Lentamente salgo del agua y empiezo a buscar papel y pluma, recordado la promesa a Melany de enviarle una carta, cuando un golpe suave en la puerta me sobresalta.
—Señora… —anuncia una voz femenina —es hora de la cena, el señor la espera y… a él no le gusta esperar.







