87. Cobrar una deuda
Alaric
El castillo ya no huele a hogar. Huele a advertencia.
Desde el balcón del salón del consejo puedo verlos colgados. Los cuatro cuerpos balanceándose con el viento nocturno, iluminados por antorchas que crepitan debajo de ellos. La sangre ya seca mancha la piedra. Sus pies descalzos apuntan hacia el suelo como si aún intentaran tocarlo.
Traidores.
Los dejo ahí a propósito.
Que toda la manada los vea.
Que todos entiendan que la lealtad no es una sugerencia.
No siento culpa.
No siento remor