4. ¡Vendida!

Lyra

Las empiezan y mi confianza empieza a tambalearse mientras veo como cada una de las lobas es exhibida, maltratada y usada como un objeto.

Tengo que repetir una y otra vez que esta fue mi desición, que era esto o padecer ante el alfa Ronan.

Justo entonces una loba beta, con aroma floral, es vendida en segundos. El precio sube, los remos se alzan, las ofertas vuelan. Ella sonríe, aunque sus manos tiemblan cuando es entregada a su comprador.

Otra. Y otra más. Y otra más. Y otra más.

Cada una tiene una descripción. Fertilidad comprobada. Linaje respetable. Aroma intenso.

Yo escucho todo como si no perteneciera a este mundo.

Y pese a la seguridad que todas mostraban al inicio el lugar se llena de un aroma que conozco muy bien: huele a miedo.

Están aterradas, tanto como lo estoy yo y no es para menos, el destino y la vida de todas aquí está a punto de cambiar y puede ser un infierno.

Cuando mi nombre finalmente es pronunciado, el aire cambia, mi piel se eriza de terror y el aliento se me atasca, pero me controlo.

—Lyra de la Luna creciente —dice el subastador, y hay una pausa incómoda—. Omega. Y…— el tartamudeo me hace saber que no puede creer lo que ha leído—Sin aroma detectable. Sin despertar de lobo confirmado.

Un murmullo incómodo recorre la sala.

Las miradas se vuelven de burla, algunas de lastima y me siento cada vez más diminuta, porque es posible que ni siquiera aquí me quieran.

—Pero ojo compradores, hay algo bueno: Marca hereditaria visible —añade, señalando mi frente—. Lirio carmesí.

No menciona fertilidad y eso me causa curiosidad ¿Por qué no lo habrá dicho?

—Precio inicial… mínimo.

Algunos ríen. Otros apartan la mirada, como si mi presencia los incomodara.

Un remo se alza. Luego otro.

Ofertas bajas. Ridículas. Lo peor de la noche sin duda.

Siento que algo dentro de mí se encoge. No porque me sorprenda, sino porque una parte estúpida de mí aún esperaba… no sé qué.

Un lobo de mirada vulgar me observa con descaro. Su aroma es fuerte, invasivo. Sonríe como si ya me poseyera.

Tal vez este sea mi destino, pienso.

Ser entregada a alguien que me verá como un objeto defectuoso.

El subastador está a punto de cerrar cuando sucede.

El sonido no es fuerte. No hay gritos. No hay espectáculo.

Solo… silencio. Un silencio absoluto, pesado, que cae sobre la sala como una advertencia. Levanto la vista sin saber por qué, y entonces lo veo.

Está sentado en el nivel más alto, en la sección que nadie ocupa sin permiso. 

Los lobos a su alrededor están tensos, rígidos, como si compartir el aire con él fuera un riesgo.

Es grande. Imponente. Oscuro. Y aterradoramente atractivo.

No sonríe. No muestra interés. Sus ojos, de un gris acerado, recorren la sala con aburrimiento calculado… hasta que se detienen en mí.

No sé qué esperaba sentir.

Deseo. Repulsión. Lástima. Pero lo que siento es algo mucho peor:

la sensación de ser vista por primera vez. Como si supiera exactamente quién soy, incluso cuando yo no lo sé.

Él levanta el remo.

El subastador se queda inmóvil.

—¿La oferta del… —traga saliva— del Rey Fronterizo?

Un murmullo de shock recorre la sala. El hombre no responde. Solo mantiene el remo en alto.

—La dote ofrecida es… —el subastador consulta nervioso— toda la frontera norte del imperio.

El aire se rompe.

Gritos. Protestas. Negaciones.

Yo no entiendo. Mi mente se queda en blanco. ¿Toda una frontera… por mí?

El martillo cae antes de que el hombre pueda arrepentirse y una sola palabra retumba en el lugar:

—Vendida.

Todo ocurre muy rápido después. Me rodean. Me guían. Nadie se atreve a tocarme directamente.

Paso junto a él cuando me conducen fuera de la plataforma. No me mira como un hombre mira a una mujer.

Me mira como un rey observa algo que le pertenece por derecho.

—No la toquen —dice, por primera vez.

Su voz es profunda. Fría. Incuestionable.

Me detengo.

Levanto la vista, y nuestros ojos se encuentran.

—Desde este momento —continúa—, esta loba es mía.

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