84. No lo vio venir
Alaric
El olor a sangre ya no me molesta.
Lo respiro como si fuera incienso.
Cuando regreso frente a la celda, el ambiente ha cambiado. No es el mismo grupo altivo de ancianos que me enfrentó horas atrás en la sala del consejo. Ahora son cuerpos encorvados, rostros hinchados, labios partidos, túnicas manchadas de sudor, orina y miedo.
Uno de ellos ya no puede sostener la cabeza en alto. Otro tiembla incontrolablemente. El tercero tiene la mirada perdida. El cuarto intenta aparentar dignidad, pe