El reloj marcaba las once y media de la noche cuando el auto de Camilo se detuvo frente a la mansión D’Alessio. La lluvia caía con fuerza, empapando el suelo de piedra del jardín y haciendo que los árboles se movieran con un gemido inquietante. Desde el gran ventanal del salón, Victoria observaba aquella tormenta con el corazón encogido.
Las luces estaban encendidas, el té seguía aún tibio sobre la mesa de centro, y el abrigo de su hijo goteaba en la entrada.
Marcos no había vuelto.
—Esto no es