La sala de partos estaba silenciosa, pero el silencio estaba cargado de tensión, miedo y esperanza. Isabella yacía en la cama, pálida, sudorosa y casi sin fuerzas. Cada contracción la dejaba agotada, y la respiración entrecortada era un testimonio de todo el esfuerzo que estaba haciendo por traer nuevas vidas al mundo. Marcos estaba a su lado, con las manos entrelazadas con las de ella, temblando ligeramente, incapaz de contener la ansiedad que sentía. Sus ojos no dejaban de recorrer el rostro