El sol apenas comenzaba a filtrarse entre las cortinas cuando Isabella escuchó el sonido del claxon frente a la mansión. Se miró una última vez en el espejo: llevaba un vestido sencillo color lavanda y una chaqueta ligera. Su rostro, aunque aún mostraba rastros de cansancio, tenía algo distinto esa mañana: una determinación silenciosa.
Bajó las escaleras despacio. Doña Martha, al verla, sonrió con ternura.
—Va a hacerle bien salir, señorita —le dijo mientras le abría la puerta.
Isabella asintió