Mundo ficciónIniciar sesión—“Sería mejor que se divorciaran… al menos por un tiempo.” Esas palabras dejaron a Anna paralizada. Pero el verdadero golpe llegó un segundo después, cuando Rendy, su marido, estuvo de acuerdo sin la menor vacilación. Para proteger la reputación de la familia, después de que la hija biológica de ellos quedara embarazada fuera del matrimonio, le pidieron a Anna que lo sacrificara todo: el amor, la estabilidad y la vida que había construido junto a Rendy. En nombre de la gratitud —por haber sido cuidada desde niña—, le exigieron que se hiciera a un lado y permitiera que otra mujer ocupara su lugar. Destrozada y traicionada, Anna finalmente se fue, dejando atrás al hombre que alguna vez le había prometido protegerla siempre. No pasó mucho tiempo antes de que Rendy empezara a ver la verdad que durante años se había negado a reconocer. Cuando Anna desapareció de su vida, todo se vino abajo. La mujer a la que había empujado lejos… era la única sin la cual no sabía vivir. Ahora, cargando con la culpa y perseguido por el arrepentimiento, Rendy quiere que Anna regrese, cueste lo que cueste. Pero Anna ya no es la mujer que se quedaría esperando.
Leer más—Sería mejor que se divorciaran… al menos por un tiempo.»
Las palabras salieron de los labios de Efendi —el padre adoptivo de Anna— como un rayo directo al pecho. Anna se quedó helada. El mundo pareció detenerse. Lo miró, esperando que retirara aquella locura, que dijera que estaba bromeando. Pero no lo hizo. No había rastro de humor en su rostro. Era serio. Demasiado serio.
—Papá… no bromees —susurró Anna, con la voz temblorosa, casi inaudible.
—No estoy bromeando, Anna. Lusi está embarazada. Y sabes muy bien lo que significa eso para una modelo —respondió Efendi con una mirada dura, sin dejar espacio para réplica—. Rendy tiene que casarse con Lusi. Es la única forma de que nuestra familia no quede en ridículo.
Anna parpadeó, horrorizada.
—Está embarazada de otro hombre… ¿por qué mi marido tiene que casarse con ella? —preguntó, porque nada de aquello tenía sentido para ella.
—El novio de Lusi no quiere asumir ninguna responsabilidad. Así que, Anna, por favor, escúchanos —intervino Renata en voz baja, casi en un susurro—. Te hemos criado como a una hija durante años. Ahora necesitamos tu ayuda. Considéralo… una forma de devolvernos el favor.
¿Devolver el favor?
Aquellas palabras le atravesaron el pecho con más fuerza que cualquier cuchillo.
Rendy estaba sentado a su lado, en silencio. Un silencio demasiado pesado. Anna giró la cabeza hacia él, aferrándose a una esperanza desesperada, rogando que dijera algo, que la defendiera, que hiciera cualquier cosa. Pero Rendy no dijo nada.
Lusi empezó a llorar suavemente.
—Anna… por favor. No quiero que mi carrera se arruine. Te lo suplico… —su voz se quebró, llena de súplica.
Y entonces, por fin, Rendy habló.
—Pero por ahora… sí tenemos que separarnos. Cuando todo se calme, te lo prometo… volveré contigo.
Algo se rompió con un estruendo dentro del pecho de Anna. El aire se le quedó atrapado en la garganta. Lo había dicho. De verdad lo había dicho.
—¿Ren, qué estás diciendo? —la voz de Anna se alzó, cargada de dolor—. ¡Nuestro matrimonio está bien! ¿Por qué aceptas esto tan fácilmente?
—Precisamente porque nuestro matrimonio está bien, cariño —respondió Rendy, intentando tomarle la mano—. Por eso después volveremos a estar juntos.
—¡No! —su voz se quebró—. ¡Nunca aceptaré divorciarme!
—¡No seas egoísta, Anna! —gritó Efendi con dureza, como si ella fuera el único problema en aquella habitación.
Antes de que Anna pudiera responder, el cuerpo de Lusi se desplomó de repente.
—¡LUSI! —gritó Renata, presa del pánico, corriendo a sostener a su hija.
Rendy se levantó de un salto, soltando la mano de Anna como si no significara nada. Anna lo llamó en un hilo de voz:
—Ren…
Pero él no se volvió. Ni una sola vez.
—¡Anna, revísala! ¡Rápido! —gritó Rendy mientras cargaba a Lusi hacia la habitación—. ¡Anna! ¿Por qué te quedas ahí parada?
Era la primera vez que le gritaba así.
Y lo hacía… por otra mujer.
El pecho de Anna se contrajo como si la apuñalaran.
—¡No seas infantil, Anna! ¡Eres doctora! —la reprendió Efendi con brusquedad, haciéndola estremecerse.
Con pasos vacilantes, Anna examinó a Lusi. La habitación estaba llena de tensión y ansiedad… pero la atención más intensa, más dolorosa, provenía de Rendy. La forma en que miraba a Lusi hizo que Anna quisiera gritar.
—¿Cómo está? —preguntó Rendy, con la respiración agitada.
—Solo… está exhausta —respondió Anna en voz baja.
Unos segundos después, Lusi abrió los ojos y rompió en un llanto histérico.
—¡No quiero seguir viviendo! ¡Quiero morir!
Rendy se lanzó hacia ella de inmediato. Al hacerlo, empujó a Anna con el brazo, golpeándola y haciéndola tambalearse. No sabía si había sido intencional, pero el dolor fue real.
—Lusi, tranquila… nos vamos a casar. Te lo prometo —dijo Rendy con una voz suave, más suave de la que había usado con Anna en toda la semana.
Anna lo miró con los ojos muy abiertos.
—¿Ren…?
—¡No seas egoísta, Anna! ¡Lusi no está estable! —le gritó de nuevo.
—Rendy tiene razón. Por favor, entiende la situación de Lusi —añadió Efendi, sin siquiera mirarla.
Anna contuvo el aliento. La garganta le ardía.
—¿Por qué… por qué todos me piden que entienda a Lusi? ¿Por qué ninguno de ustedes intenta entenderme a mí?
De pronto, Lusi volvió a gritar.
—¡Es cierto! ¡Todos somos egoístas! ¡Entonces mejor déjenme morir!
Extendió la mano hacia un cuchillo de fruta sobre la mesita de noche.
—¡Lusi! ¡Tranquila! ¡Tranquila! —Rendy la abrazó con fuerza, con una urgencia desesperada, como si ella fuera alguien que no podía perder.
Anna dio un paso atrás. Luego otro. Sentía que su cuerpo ya no le pertenecía. Las lágrimas que había estado conteniendo finalmente cayeron. Vio a su marido… abrazando a otra mujer. Protegiendo a otra mujer. Defendiendo a otra mujer.
—Salgan un momento —dijo Rendy sin mirarla, aún aferrado a Lusi—. Yo me quedaré calmándola.
—Anna, vamos… —Renata tomó su mano.
Pero Anna no se movió. No podía.
Rendy lanzó una mirada fugaz hacia ella, dura como una cuchilla.
—¡No seas infantil, Anna!
“Why are you looking at me like that?” Liam asked, pretending not to understand.“Your secretary looks upset,” Anna said quietly.“Do you want me to fire her?” he asked flatly, as though it were the most insignificant thing in the world.Anna frowned. “If I said yes… would you really do it?”“Of course. Why wouldn’t I?” he replied without the slightest hesitation.She studied his face carefully, searching for even the faintest hint that he was lying.There was none.His eyes were far too sincere… far too serious.“Stop daydreaming. Just eat your brownie,” Liam said, gently tapping the tip of her nose.“Do you want some?”Anna lifted a spoonful toward his lips.Without protest, Liam opened his mouth and accepted the bite.“Well? Is it good?”“I wouldn’t know,” he said casually. “I don’t actually like brownies.”Anna frowned. “But the last time I baked them, you finished the whole thing.”“That was because you made them.”He paused, looking at her.“So I liked them.”That simple sentenc
Anna estaba sentada en la sala, con la mirada fija en el diario que descansaba a medio terminar entre sus manos. Había planeado pasar el día sin hacer absolutamente nada, simplemente descansando, libre de cualquier obligación. Pero la realidad parecía empeñada en llevarle la contraria. Su mente no encontraba calma. Casi sin darse cuenta, sus dedos siguieron deslizándose sobre el papel, escribiendo una línea tras otra, como si trabajar fuera la única manera de mantenerse en pie.Mientras estaba absorta en sus pensamientos, el sonido de unos pasos acercándose la hizo levantar la vista por instinto.Una mujer entró en la casa con una seguridad que rozaba la arrogancia. Llevaba una falda corta que se ajustaba a sus piernas y una blusa ceñida que resaltaba cada curva de su figura. Caminaba como si aquel lugar le perteneciera. Anna frunció ligeramente el ceño. Nunca antes la había visto.—Señora Anna —la llamó Wira con educación, aunque su voz dejaba entrever cierta incomodidad—. La secreta
Anna despertó con la sensación de un brazo rodeándola con firmeza. Se giró despacio, observando al hombre que aún dormía a su lado.Es raro que siga dormido a esta hora, pensó.Las pestañas de Liam eran largas, su nariz recta y bien definida. En ese instante de quietud, Anna lo admitió para sí misma: Dios había sido meticuloso al crear ese rostro. Alzó la mano y rozó su mejilla con cuidado, como si temiera despertarlo. Pero, de pronto, él atrapó su mano.—Vaya mano traviesa —dijo Liam al abrir los ojos, con una leve sonrisa en los labios.—Hoy te has levantado más tarde de lo normal —respondió Anna.—Quiero quedarme perezoso contigo hoy —replicó él con naturalidad, arrancándole una sonrisa.—¿Así que el señor Liam también sabe holgazanear? —bromeó ella.—Más bien quiero hacerte el amor —respondió él con picardía, ganándose un suave golpe en el pecho.—Me mantuviste despierta toda la noche… ¿no fue suficiente? —protestó Anna.Porque quiero que lleves a mi hijo, pensó Liam, sin apartar
En lo más profundo del sótano de un viejo edificio perteneciente a la empresa, un hombre permanecía atado a una silla metálica. Tenía las manos inmovilizadas, el rostro sin color y la respiración entrecortada. Sobre su cabeza colgaba una única lámpara blanca, cuya luz cruel convertía hasta el menor movimiento en un error que podía costarle la vida.La puerta se abrió lentamente.El sonido de unos zapatos de vestir resonó sobre el cemento: firme, pausado, sin prisa, como si su dueño no caminara hacia un hombre consumido por el miedo.Liam entró.Vestía de negro impecablemente. El traje estaba perfecto, sin una sola arruga fuera de lugar.Se detuvo justo frente a él.—Nombre.La voz de Liam fue baja, plana, tranquila.El hombre tragó saliva con dificultad.—Y-yo solo seguía órdenes, señor. Me pagaron.Liam tomó una silla y se sentó frente a él. Cruzó una pierna con una calma insultante y lo observó como si estuviera inspeccionando mercancía defectuosa.—¿Seguías órdenes? —preguntó con t





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