nahia
Ya no sé cuántas horas han pasado, el tiempo se ha diluido en el ruido sordo de los motores, en el silencio asfixiante que se instaló entre nosotros, en esta jaula de cuero y metal suspendida sobre las nubes. Terminé quedándome a ratos, con el cuerpo agotado por la tensión, pero cada vez que abría los ojos, él estaba allí, implacable, tranquilamente instalado, como un rey en su trono, una bebida en la mano, sus ojos claros posados en mí sin dejarme respirar jamás.
La ira no ha disminuido, todavía arde dentro de mí, pero el cansancio la ha cubierto con un velo de resignación. A veces todavía me tiemblan las manos, me pican los ojos por contener las lágrimas y cada segundo me recuerda que ya no puedo controlar nada. Quiero gritarle mi odio otra vez, pero sé que eso se deslizaría de él como lluvia sobre piedra.
Cuando el jet finalmente comienza a descender, mi corazón comienza a latir más rápido nuevamente, mi respiración se detiene, coloco mis manos en los apoyabrazos. No sé ad