NAHIA
La habitación se cierra como una mandíbula que cruje sobre mí, el aire se vuelve denso, casi sólido, cada inspiración es un esfuerzo, cada aliento una confesión de que ya estoy demasiado atrapada en sus redes. Mis dedos crispados sobre la sábana se endurecen hasta blanquear, mis uñas se hunden en la tela, pero ya no sostengo nada, ya no retengo nada, es como si el mundo entero se hubiera encogido al compás de sus respiraciones.
Sombra y Tiniebla se mantienen a ambos lados de la cama, dos