nahia
Permanezco congelado en lo alto de la pasarela, con los dedos apretados sobre el brazo que me impone, la mirada atrapada por este escenario irreal, este teatro de poder que ha preparado para su regreso y yo, espectador cautivo, entregado a esta puesta en escena de la que no entiendo ni los códigos ni el desenlace.
El viento de la noche corre por mi cabello, levanta los faldones de mi chaqueta, acaricia mi piel como un mordisco helado y siento que ya me susurra la verdad: no soy bienvenida aquí.
Me conduce con suavidad, con pasos seguros, como si bajara hasta aquí, a su casa, esperado, celebrado, y cada paso que doy resuena en mi estómago como un tambor de guerra. La alfombra roja se extiende ante mí, deslumbrante, abrumadora, un camino de seda que mis pies dudan en recorrer, como si fuera una trampa tendida ante mis ojos.
Abajo, las figuras disfrazadas apenas cobran vida, un movimiento sincronizado de cabezas enderezándose, cuerpos ligeramente inclinados, un saludo silencioso p