Mundo de ficçãoIniciar sessãoUna traición devastadora, una noche de despecho y un escándalo familiar prohibido. La vida de Alaia Kendrick cambia para siempre la noche en que descubre a su novio Logan teniendo sexo con su mejor amiga. Destrozada por la humillación, pero impulsada por una furia ciega, Alaia toma una decisión radical: dejar de ser la chica buena, virgen y mojigata de la que todos se burlan. Con la sangre hirviendo, termina esa misma noche en los brazos de un hombre desconocido, maduro, deslumbrante y peligrosamente atractivo que arranca su virginidad sin piedad, haciéndola debutar en el placer de una forma salvaje. El verdadero e impactante estallido ocurre al día siguiente, cuando descubre la identidad de su amante Alexander Sinclair, el implacable magnate de bienes raíces... y el padre de su ahora exnovio. A partir de ese amanecer, la cordura desaparece. Esta historia es una montaña rusa prohibida llena de mentiras, reproches, traición y, sobre todo, mucho sexo salvaje e incontrolable. Una doble vida donde la pasión y el peligro se mezclan a puerta cerrada. La tensión de este secreto se reduce a la intimidad más fogosa y dominante. En la penumbra, Alexander la acorrala contra el colchón, descargando un azote firme sobre su piel desnuda, haciéndola arquear la espalda. —Dime quién soy, chiquilla —le exige él con su voz gruesa y rota por la lujuria, antes de hundirse en su interior de una sola embestida profunda. —Eres... eres mi papi... —susurra Alaia con la respiración entrecortada, clavando sus uñas en su espalda tatuada. —¿Soy tu papi? —pregunta él, incrementando el ritmo de forma frenética—. Dilo más fuerte. —¡Sí, eres mi papi! —grita ella, completamente entregada al placer mientras él la penetra sin piedad, perdiendo la cabeza en un torbellino de lujuria pura.
Ler maisAlaia Kendrick
Me miré al espejo por quinta vez en menos de diez minutos, balanceándome ligeramente sobre unos tacones plateados que me hacían sentir completamente fuera de mi elemento. El vestido era largo, de un tono azul medianoche que, según yo, disimulaba un poco las marcadas curvas de mi cuerpo. Siempre me había sentido un tanto cohibida con mi cuerpo. Con manos temblorosas, deslicé mis lentes sobre el puente de mi nariz y los acomodé detrás de mis orejas. Logan los odiaba. Cada vez que salíamos, insistía en que me hacían ver como una niña sabelotodo y que arruinaban mis ojos azules, pero quitármelos no era una opción. Sin ellos, el mundo a más de un metro de distancia se convertía en una mancha borrosa y difusa. Necesitaba ver. Necesitaba aferrarme a la realidad. El timbre de la casa resonó en la planta baja, interrumpiendo mis inseguridades. Di un profundo suspiro, alisé la tela del vestido sobre mis caderas y comencé a bajar las escaleras con un cuidado exagerado, aferrándome al pasamanos para no perder el equilibrio. Al llegar abajo, vi a mis padres de pie en el vestíbulo, conversando animadamente con Logan. Él se veía impecable, alto, vistiendo un traje oscuro que resaltaba sus ojos negros y esa seguridad arrogante que solía cautivarme, aunque últimamente solo me provocaba una extraña opresión en el pecho. —Te ves hermosa, mi niña —dijo mi madre, sonriéndome con dulzura. Me acerqué a ellos con paso vacilante y besé la mejilla de ambos, buscando un poco de ese calor familiar antes de sumergirme en una noche que me ponía los pelos de punta. Logan se despidió de mis padres con una cortesía impecable, esa fachada de hombre perfecto que manejaba a la perfección frente a los demás. Salimos de la casa y subimos a su auto. El silencio se instaló de inmediato en el cubículo del vehículo, pesado y denso. Las cosas entre nosotros no iban bien últimamente la distancia se había convertido en un abismo y el afecto casi había desaparecido, reemplazado por reproches silenciosos y miradas de fastidio. Logan encendió el motor, pero antes de poner el auto en marcha, me recorrió con una mirada crítica de arriba abajo. Su ceño se frunció ligeramente. —Ese vestido no te favorece tanto, Alaia —soltó, con una frialdad que me caló los huesos—. Te hace ver... mayor. O demasiado tapada, no lo sé. Esperaba algo más estilizado para una noche como esta. Apreté las manos sobre mis rodillas, sintiendo cómo el nudo en mi garganta comenzaba a formarse desde antes de llegar. —Era el único vestido largo y formal que tenía en el armario, Logan —alegué con la voz baja, intentando defenderme sin iniciar una discusión. Él no respondió. Guardó un silencio sepulcral, limitándose a mirar al frente mientras aceleraba. Suspiré y pegué la frente a la ventana, viendo pasar las luces de la ciudad como destellos difusos. El camino transcurrió en un mutismo absoluto que solo alimentaba mi ansiedad. Cuando el auto se detuvo, levanté la mirada y me quedé sin aliento. El hotel era sencillamente enorme, una mole de arquitectura moderna y lujo desmedido que parecía tocar el cielo nocturno. Grandes reflectores iluminaban la fachada y una alfombra roja recibía a decenas de personas vestidas con trajes de diseñador y joyas brillantes. Era la inauguración oficial del hotel del padre de Logan. Llevábamos bastantes meses juntos, pero yo todavía no tenía el placer de conocer a su progenitor, Logan siempre ponía excusas, diciendo que su padre era un hombre extremadamente ocupado, un magnate inalcanzable que controlaba un imperio de casinos y propiedades. Se suponía que esta noche, finalmente, lo conocería. Apenas cruzamos el umbral de las imponentes puertas de cristal, el torbellino de música suave, murmullos de la alta sociedad y el tintineo de las copas de champaña me mareó. Me encogí un poco, sintiéndome completamente fuera de lugar. Este tipo de ambientes opulentos definitivamente no era mi preferido. Quise buscar la mano de Logan para sostenerme, pero él se soltó sutilmente y me miró de reojo, impaciente. —Ya vengo. Quédate por aquí —me dijo en un tono cortante—. Tengo que revisar unos detalles. Simplemente desapareció entre la multitud, dejándome sola en medio de un mar de desconocidos. Me quedé estática unos segundos, sintiendo cómo las miradas de algunas personas se posaban en mí, o al menos eso me decía mi paranoia. Incómoda, caminé hacia la barra de mármol negro que se extendía a un costado del gran salón. Me senté en uno de los taburetes altos, entrelazando mis dedos sobre la superficie fría. El barman se acercó, pero antes de que pudiera pedir algo, un aroma a maderas nobles, tabaco costoso y cuero inundó mis sentidos. Un hombre se sentó en el taburete justo al lado del mío. Involuntariamente, mi mirada se desvió hacia él a través de mis lentes. Era un hombre imponente, alto, de hombros anchos y una musculatura innegable que se adivinaba debajo de su traje a medida. Tenía la piel de un tono canela claro, el cabello castaño perfectamente peinado y unos ojos marrones de una intensidad tan profunda que me hicieron apartar la vista de inmediato, intimidada. Emanaba un aura de poder y dominio absoluto nunca en mi vida había visto a un hombre como él. —Un whisky, doble —pidió el hombre con una voz que me hizo vibrar el pecho. Era una voz intimidante, fuerte, gruesa y jodidamente varonil. El barman le sirvió el líquido ámbar de inmediato, tratándolo con un respeto casi temeroso. El hombre tomó un sorbo corto, manteniendo sus ojos marrones fijos en el frente, pero de repente, giró la cabeza hacia mí. Su mirada intensa barrió mi rostro, deteniéndose un instante en mis lentes y luego en mis labios.—¿Qué hace una mujer como tú aquí sola, en la barra? —preguntó. Su tono no era casual era directo, demandante, como si estuviese acostumbrado a obtener respuestas inmediatas. Mis manos comenzaron a temblar sobre mi regazo. Que un hombre con semejante magnetismo me estuviera hablando definitivamente me ponía muy nerviosa. Sentía que mi cuerpo entero vibraba ante su cercanía. —No estaba sola pero.. Solo estoy esperando a alguien —suspiré, intentando modular mi voz para que no sonara tan frágil. Miré hacia todos lados, girando el cuello e intentando localizar la silueta de Logan entre la masa de gente, pero no había rastro de él, me había botado como a un mueble viejo. El hombre dio otro sorbo a su copa, sin apartar sus ojos de mí. Una sonrisa casi imperceptible, posesiva y oscura, delineó sus labios. —Una mujer como tú no debería estar aquí sola esperando por absolutamente nadie —sentenció, y la firmeza de sus palabras se me clavó en el vientre, provocando un escalofrío desconocido y abrasador. El pánico y la timidez me dominaron. No sabía cómo manejar esa tensión, cómo responderle a un hombre que parecía devorarme con la mirada. Me sentí tan expuesta que mi único instinto fue huir. —Disculpe... tengo que buscar a mi acompañante —balbuceé, bajando la cabeza. Me bajé del taburete casi con torpeza, tropezando un poco con el bajo de mi vestido, y comencé a caminar a paso apresurado, intentando escapar de ese momento y de la abrumadora presencia de ese extraño. Me adentré más en el pasillo lateral del hotel, buscando desesperadamente a Logan, pero mi pecho se oprimía más con cada segundo que pasaba. Me sentía humillada, vestida con ropa que él despreciaba, usando unos lentes que él aborrecía y abandonada en el evento más importante de su familia. Decidí ir hacia el área de los baños. Necesitaba esconderme, lavarme la cara, quizás encerrarme en un cubículo y salir dentro de un rato cuando el ambiente se calmara. Caminé por el pasillo alfombrado hasta la puerta del baño de damas. Al empujarla suavemente, un sonido rompió el silencio del lugar. Eran respiraciones agitadas, jadeos roncos y gemidos ahogados. Mi corazón dio un vuelco violento. Me congelé en el umbral. Una extraña y masoquista curiosidad me obligó a meter un poco la cabeza, abriendo la puerta apenas unos centímetros. La escena que se reveló ante mis ojos me golpeó con la fuerza de un camión. El mundo se detuvo. Mis lentes parecieron empañarse y sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies. Ahí, arriba del lavabo de mármol, estaba Crystal, mi mejor amiga. Tenía el vestido levantado hasta la cintura y las piernas enredadas en las caderas de Logan. Y él... Logan la sostenía por las nalgas, moviéndose con una fuerza bruta, penetrándola con un desespero apasionado que nunca, ni una sola vez en nuestros meses de relación, había tenido conmigo. Entré por completo al baño, incapaz de detener mis pies, impulsada por un dolor ciego. Crystal echó la cabeza hacia atrás, arañando los hombros de Logan, y soltó un grito descarado —¡Sí, dame más! ¡No te detengas, Logan! ¡No te detengas por favor! Mis ojos se cristalizaron al instante, las lágrimas se acumularon detrás de los cristales de mis lentes, distorsionando la horrorosa imagen. El sonido de mi respiración entrecortada o el roce de mi vestido los hizo reaccionar. Logan detuvo sus movimientos bruscamente y giró la cabeza. Sus ojos negros se abrieron de par en par al verme. —¿Qué... qué es esto? —pregunté. Mi voz no fue más que un susurro frágil, roto, el lamento de un corazón que terminaba de hacerse pedazos en el suelo de un baño público. Ambos se separaron con lentitud. Logan intentó bajarse la ropa, con el rostro descompuesto por la sorpresa, pero Crystal no se mostró avergonzada en absoluto. Al contrario, se arregló el vestido con parsimonia, se sentó sobre el borde del lavabo y me miró fijamente. Una sonrisa cruel, burlona y cargada de veneno se dibujó en su rostro. —Lo lógico, Alaia —soltó Crystal, mirándome con desprecio—. Logan al fin está obteniendo lo que tú no eres capaz de darle. Sexo de verdad. —Crystal, cállate —intentó intervenir Logan, dando un paso hacia mí, pero su voz carecía de fuerza, no había un verdadero arrepentimiento en sus ojos, solo el miedo de haber sido atrapado. —No, Logan, no me voy a callar —lo interrumpió ella, cruzándose de brazos y clavando sus ojos en los míos—. Es momento de que ella sepa la verdad. Y la verdad, Alaia, es que eres una maldita mojigata. No tienes el valor, eres una sosa en la cama y definitivamente no tienes las garras para ser una Sinclair en el futuro. Pero yo sí. Yo tengo absolutamente todo lo que él necesita. Cada palabra era un puñal directo a mi autoestima. Me miré las manos, me acomodé los lentes con un dedo tembloroso, sintiéndome la criatura más insignificante, fea y humillada del planeta. Mi novio y la persona en la que más confiaba me estaban pisoteando en el suelo de un hotel de lujo. Logan no me defendió se quedó callado, mirando al piso, confirmando con su silencio cada una de las crueldades que salían de la boca de Crystal. Estaba impactada. El dolor en mi pecho era tan agudo que me costaba respirar, pero en medio de la devastación, una chispa de dignidad me impidió gritar o armar un escándalo que me rebajara a su nivel. No valía la pena. Ellos no valían la pena. Sin decir una sola palabra, di la vuelta. Caminé fuera de aquel maldito baño con las piernas temblando como gelatina. El pasillo se me hizo eterno. Con los dedos índices, limpié rápidamente mis mejillas, quitándome las lágrimas que amenazaban con nublarme la vista a través de los lentes, pero era inútil el llanto seguía fluyendo, silencioso y quemante. Caminé con paso firme hacia la salida del hotel, decidida a largarme de ese lugar, a huir de la opulencia, de la traición y del maldito apellido Sinclair para siempre. Solo quería desaparecer en la noche.AlaiaEl auto de Alexander se detuvo frente a la casa de mis padres, ese santuario de mi infancia que ahora se sentía como una fortaleza sitiada. Él me miró durante varios segundos, sus ojos oscuros recorriendo mi rostro como si quisiera memorizar cada facción. Sabía que esto le costaba más que cualquier transacción multimillonaria; su instinto de poseer y proteger estaba en guerra con mi necesidad de autonomía. —Estaré al teléfono. No te alejes del dispositivo. Si algo sucede... Vendre por ti, Alaia. No me importa quién sea, no dejaré que te toquen.Me baje.El motor rugió y el auto arrancó, alejándose por la calle arbolada. Me quedé allí, de pie en la acera, sintiendo cómo el frío del atardecer calaba hasta mis huesos. Caminé hacia la puerta y la abrí con mi llave de siempre. El sonido de la cerradura fue, para mí, como el disparo de un cañón.Apenas crucé el umbral, mis padres estaban allí. Estaban de pie en el salón, con el rostro desencajado por una mezcla de rabia y un do
AlaiaEl teléfono vibraba en mi mano con una insistencia que me resultaba insoportable, pero el nombre en la pantalla me inmovilizó: «Papá». Con el pulso desbocado y el corazón comprimido por el miedo, deslicé el dedo para aceptar la llamada. Intenté tragar saliva, tratando de limpiar mi voz de cualquier rastro de la crisis que acababa de vivir en el despacho de Alexander.—¿Papá? —dije, logrando que mi tono sonara relativamente estable, casi normal, a pesar de que el mundo a mi alrededor se sentía como si estuviera a punto de colapsar.—Alaia —la voz de mi padre llegó al otro lado, carente de su habitual calidez; era una voz seria, grave, que me puso los vellos de punta—. Necesitamos hablar. Ahora.—¿Qué sucede? —pregunté, aunque el pánico ya me estaba cerrando la garganta.—Me ha llegado un sobre a casa, Alaia. Un sobre que no debería haber existido nunca —dijo él, y el peso de sus palabras cayó sobre mí como una losa—. Hay unas fotos aquí. Fotos tuyas.El silencio que siguió
AlaiaEl aire en el penthouse se sentía sofocante, cargado de una electricidad estática que me erizaba la piel. Cuando la puerta blindada se cerró tras de mí, dejé atrás el refugio de Alexander para adentrarme en el terreno enemigo. El estacionamiento subterráneo estaba sumido en una penumbra fría. Mi propio coche, un deportivo negro que solía darme una sensación de libertad, esta mañana me parecía una jaula de cristal.Subí al vehículo y, al encender el motor, mis manos temblaron de forma incontrolable sobre el volante. Respiré hondo, obligando al aire a llenar mis pulmones, pero la opresión en mi pecho no cedía. Alexander tenía un plan, sí, pero el miedo a que algo fallara, a que una simple coma mal puesta en el código del sistema pusiera en peligro a mi familia, era un peso insoportable.Conduje por las calles de la ciudad, viendo a los otros conductores como si fueran espectros en una película. Todo el mundo seguía con su vida, sin sospechar que yo, en este preciso instante, es
AlaiaLa luz del amanecer comenzó a filtrarse por los ventanales del penthouse, tiñendo las paredes de un tono grisáceo y frío que parecía reflejar el estado de mi sistema nervioso. No había logrado pegar ojo desde que el mensaje había llegado a mi teléfono. Estaba sentada al borde de la cama, observando cómo Alexander se movía por la habitación con una calma que me resultaba aterradora y fascinante a la vez. Él se veía como si no acabara de pasar las horas de madrugada coordinando una guerra digital desde este mismo salón.—Alaia —dijo, acercándose a mí. Su presencia siempre lograba que el aire se volviera denso, eléctrico—. Mírame.Levanté la vista. Sus ojos, afilados como el acero, estaban fijos en los míos. Se arrodilló frente a mí, tomando mis manos entre las suyas; estaban calientes, un ancla en medio de mi pánico.—Escúchame bien. Lo que vas a hacer hoy no es un error, es nuestra mayor oportunidad —comenzó, su voz bajando a ese tono que solo usaba para los asuntos de negocio
Último capítulo