Mundo ficciónIniciar sesiónAlaia Kendrick
Mis tacones resonaban contra el pavimento frío de la acera mientras me alejaba del maldito hotel a toda prisa. Mis ojos ardían detrás de los cristales de mis lentes, nublados por las lágrimas que insistían en desbordarse y empañarme la vista. Lo único que quería era correr, desaparecer de la faz de la tierra. La humillación me quemaba el pecho como si hubiera tragado brasas ardientes. Apenas a una cuadra de distancia, divisé un letrero elegante y discreto que iluminaba la fachada de un establecimiento. Se veía lujoso, sofisticado, un bar exclusivo con una luz tenue que invitaba a esconderse. No lo dudé ni un segundo; tenía unas inmensas ganas de beber algo fuerte, algo que me apagara la cabeza de golpe y me durmiera el corazón antes de que terminara de volverme loca de dolor. Empujé la pesada puerta de madera y me adentré en el lugar. El ambiente era oscuro, inundado de música suave y luces cálidas que rebotaban en las botellas de cristal detrás de la barra. Caminé con paso vacilante hasta uno de los taburetes, me senté e intenté normalizar mi respiración, aferrándome al borde de la madera pulida como si fuera mi único salvavidas. —Un trago de whisky, por favor. El más fuerte que tengas —le pedí al barman con la voz extrañamente firme, aunque por dentro me estaba cayendo a pedazos. Cuando el hombre me sirvió el vaso con el líquido ámbar, no me detuve a contemplarlo. Lo tomé entre mis dedos temblorosos y me lo tomé de golpe. El alcohol me quemó la garganta en un viaje abrasador que me hizo toser levemente, pero el ardor en mi esófago no era nada comparado con el vacío insoportable que sentía en el estómago.—Otro —exigí, deslizando el vaso vacío con brusquedad. Me sirvió el segundo y me lo empujé hacia adentro con la misma prisa. Luego pedí otro más. El alcohol comenzó a circular rápidamente por mis venas, entibiando mi cuerpo pero sin lograr borrar las asquerosas imágenes que se habían quedado grabadas a fuego en mi mente. No entendía cómo es que mi novio, el hombre con el que compartí siete meses de mi vida, y la que decía ser mi mejor amiga, estaban teniendo sexo en el baño del hotel, a unos escasos metros de donde me habían abandonado. Las crueles palabras de Crystal resonaban en mis oídos como un eco maldito: "eres una maldita mojigata... no tienes las garras". Un par de lágrimas rebeldes rodaron suavemente por mis mejillas, calientes y amargas. Bajé la cabeza, parpadeando con fuerza para contener el llanto, cuando de pronto sentí una calidez inesperada en mi rostro. Una mano grande, de dedos largos y firmes, limpió mis lágrimas con una suavidad desconcertante. Giré un poco el rostro, asustada por la interrupción, y mi respiración se detuvo por completo. A través de mis lentes, me topé con esos ojos marrones de mirada intensa que me habían intimidado minutos atrás. Era el mismo hombre musculoso, alto y tatuado que había estado sentado junto a mí en la barra del hotel. Aquel imponente extraño me había seguido.—¿Qué... qué hace aquí? —le pregunté, con el corazón galopando con fuerza contra mis costillas, poniéndome en un estado de alerta absoluto. Él me miró fijamente, manteniendo su pulgar apoyado en mi mejilla por un segundo más, antes de retirarlo con una lentitud exasperante que me erizó la piel. —No quería dejarte sola —respondió, y su voz gruesa, intimidante y varonil provocó un vuelco electrizante en mi vientre—. Te vi salir del hotel sola, de noche. Es muy peligroso para una mujer tan hermosa como tú andar por las calles a estas horas, solo quería asegurarme que tomarás un taxi pero al ver que venías te seguí. Solté una pequeña risita amarga, cargada de un despecho ciego y de una rabia que ya no cabía en mi pecho. Lo dije sin pensarlo, impulsada por la humillación que acababa de sufrir en ese baño. —Al parecer, usted es el único hombre al que le resulto una mujer hermosa —escupí con cinismo, recordando cómo mi ex me había mirado con desprecio y cómo se había refugiado en los brazos de otra porque yo no era suficiente. El hombre no se inmutó ante mi amargura. Al contrario, sonrió de lado, una mueca arrogante, madura y posesiva que lo hacía verse aún más jodidamente atractivo y peligroso de lo que ya era. Se levantó de su asiento y se acercó un poco más a mí, acortando la distancia de una manera tan dominante que me obligó a pegar la espalda a la barra. Su cercanía me envolvió por completo; pude percibir el delicioso aroma de su loción. Olía demasiado rico, excesivamente varonil, un perfume a hombre elegante, maduro y con poder absoluto. Al inclinarse sutilmente hacia mí, mi hombro rozó la firmeza de sus pectorales, que se adivinaban duros como el acero bajo su camisa blanca. Sentí una descarga eléctrica que me recorrió la espina dorsal. —No es así —me dijo, con un tono que no admitía réplicas mientras sus ojos marrones me devoraban—. Mira a tu alrededor. Mira cómo llamas la atención de todos en este lugar. Eché un vistazo rápido de reojo a los espejos del bar. Era cierto que algunas miradas masculinas se posaban en nuestra dirección. —Es porque estoy vestida de gala en un bar como este —alegué, acomodándome los lentes con nerviosismo porque me sentía expuesta—. Aunque este sitio es elegante, definitivamente las personas no vienen vestidas con un vestido largo como el mío. Solo me ven porque estoy haciendo el ridículo. Antes de que pudiera seguir menospreciándome, él extendió su mano, tomó mi barbilla con firmeza y me obligó a levantar el rostro para obligarme a verlo directamente a los ojos. No me lastimaba, pero su agarre era puro control. —Tienes una visión de ti misma horrible y completamente fuera de la realidad —sentenció con una autoridad que me hizo temblar las piernas—. Nunca antes había visto unos ojos tan hermosos como los tuyos a través de esos cristales. El calor del alcohol y la intensidad de sus palabras crearon un cortocircuito en mi cabeza. Me sentí atrevida, poseída por una osadía que jamás había experimentado en mi vida. Quería borrar el desprecio de Logan. Quería demostrarme que valía algo, que mi cuerpo podía despertar el deseo de alguien. Sabiendo que probablemente me iba a rechazar por ser una chiquilla deshecha en lágrimas, me armé de valor y, sin pensarlo más, me lancé hacia sus labios. Para mi absoluta sorpresa, el hombre no se apartó. No me rechazó. Correspondió a aquel beso de inmediato, atrapando mi boca con una urgencia dominante y hambrienta. Me besó de una manera experta, profunda y sumamente fogosa que me encendió las venas en un segundo. Su lengua se abrió paso con total autoridad, reclamando mi boca como si le perteneciera. Cada parte de mi cuerpo vibró como nunca antes había vibrado en mis diecinueve años; una oleada de calor líquido comenzó a bajar poco a poco desde mi vientre directamente hacia mi vagina, poniéndome repentinamente húmeda. Asustada por la intensidad salvaje de lo que estaba sintiendo, me alejé un poco de él, jadeando por aire. Él mantenía una pequeña sonrisa en sus labios perfectos y me miraba fijamente, como un depredador que ha acorralado a su presa ideal. —Yo... lo siento. Disculpe —balbuceé, con las mejillas ardiendo, sintiendo que había cruzado una línea. —No deberías disculparte de nada —respondió él, con una voz que era puro terciopelo y fuego. Me tomó de la mano, entrelazando sus dedos con los míos de una forma posesiva—. Ven a mi oficina. ¿A su oficina?— Es mi bar — me hizo saber al ver mi ceño fruncido. Me sorprendió saber que este bar de superlujo le pertenecía. Una parte de mí, la parte cuerda, sabía perfectamente que debería decir que no, que debía soltarme e irme a mi casa a llorar mi pena. Pero la otra parte de mí, la que estaba rota y sangrando por la traición, necesitaba demostrarse a sí misma que era mucho más de lo que me habían dicho en aquel maldito baño. Necesitaba sentirme viva, deseada, poseída por un hombre de verdad. Jamás le dije mi nombre, y él tampoco me lo preguntó; en ese momento, las identidades no importaban. —Está bien —acepté en un susurro. Me levanté del taburete y caminé a su lado. Él me guio a través de un pasillo privado y abrió una puerta pesada. Apenas entramos, me quedé maravillada. Aquella oficina era enorme, decorada con un gusto impecable en tonos negros. El suelo estaba cubierto por una alfombra hermosa, elegante y sumamente varonil. Había sofás de cuero negro, un imponente escritorio de roble oscuro y un gran asiento presidencial también de cuero. No tuvimos tiempo de hablar. En cuanto la puerta se cerró a nuestras espaldas, él me acorraló contra la madera. Me besó de nuevo y yo correspondí al beso con un desespero salvaje, enredando mis manos en su cuello, sintiendo la dureza de sus hombros tatuados. Sus manos grandes comenzaron a acariciar mi cuerpo, delineando la marcada curva de mi reloj de arena, subiendo por mis caderas y apretando mi cintura pequeña. Me sentía caliente, tan jodidamente húmeda como jamás me había sentido en mi vida. Me dejé llevar por completo. Él bajó sus besos hacia mi cuello, mordisqueando la piel sensible, haciéndome soltar un pequeño gemido que resonó en el silencio de la oficina. Con una destreza envidiable, sus dedos encontraron el cierre en la espalda de mi vestido. Escuché el siseo de la cremallera bajando y, de inmediato, la tela cayó a mis pies, dejándome expuesta en mi conjunto de lencería. Sintiéndome repentinamente avergonzada, intenté cubrirme con los brazos. Él se alejó un poco, contemplándome bajo la luz tenue. Una sonrisa lasciva apareció en su rostro. —No me sorprende encontrar este tesoro escondido —dijo con una voz ronca que me erizó la piel—. Eres una maldita obra de arte. Me giró con firmeza y comenzó a besar mi nuca, descendiendo por mi columna vertebral con caricias que me hacían temblar. Yo disfrutaba de cada toque. De repente, sentí el golpe seco de su mano abierta impactando contra una de mis nalgas. El azote me tomó por sorpresa, haciéndome soltar un jadeo ahogado de dolor mezclado con un placer electrizante que me encendió la entrepierna. Sin darme tiempo a recuperarme, me empujó hacia adelante con fuerza y afincó mi cuerpo contra el escritorio de roble. Pegó mi pecho a la madera fría, obligándome a sostener el peso de mi cuerpo con los antebrazos, dejando mis nalgas completamente expuestas y elevadas hacia él. Mis lentes se desliaron un poco por mi nariz, pero no me importó. Él volvió a azotarme, haciéndome gemir fuerte contra la madera, y luego comenzó a morder y besar mis nalgas con un desespero posesivo. Antes de que pudiera procesarlo, sentí la calidez de su boca y su lengua lamiendo mi clítoris desde atrás. El placer fue tan agudo, tan asombrosamente intenso, que arqueé la espalda por completo, aferrándome al borde del escritorio de roble con los dedos blancos por la fuerza. No paraba de gemir, entregada al control absoluto de este hombre maduro. Él se alejó por un segundo, dejándome jadeando. Sentí cómo metía un dedo en mi intimidad, comprobando mi extrema humedad, y justo después, la punta de su miembro, enorme y caliente, presionó contra mi entrada. Se empujó hacia adentro con firmeza. Un dolor agudo y punzante me de golpe, haciéndome soltar un gemido ahogado de puro sufrimiento físico. Me congelé. Él también se quedó completamente quieto dentro de mí, sosteniéndome por las caderas con sus manos tatuadas. Sí. Le acababa de dar mi virginidad a un completo extraño. Quizás mañana me iba a arrepentir con toda mi alma, pero hoy no. Hoy yo era una mujer deseada, y no la tonta mojigata a la que habían humillado. Hoy, un hombre maduro, poderoso y jodidamente guapo me estaba follando como nadie lo había hecho jamás. Él pareció entender lo que acababa de romper dentro de mí al sentir la barrera. Sosteniendo mi cintura con un agarre de hierro, comenzó a salir y entrar despacio, dándole tiempo a mi cuerpo de adaptarse a su tamaño. Poco a poco, el dolor se transformó en una pulsación ardiente de puro placer. El hombre aceleró el ritmo. Empezó a embestirme con fuerza, con una intensidad dominante que hacía que el escritorio crujiera bajo nuestro peso. Yo gemía una y otra vez, perdiendo la voz en cada embestida que me empujaba hacia adelante. Con un movimiento brusco, hizo que me levantara un poco, pegando su pecho tatuado a mi espalda desnuda, mientras continuaba tomándome sin piedad desde atrás. Se inclinó hacia mi oído, con la respiración agitada y caliente.—Encontré más que un tesoro escondido... —me susurró al oído con una voz cargada de una posesividad oscura al confirmar mi virginidad—. Eres mía, preciosa. Dime Alex... dime mi nombre mientras te tomó. Ahí lo supe. Su nombre era Alex. Lo único que sabría de él. —Alex... ¡Alex! —gemí con desesperación, enterrando mis uñas en la madera del escritorio mientras él seguía embistiéndome con una fuerza implacable que me borraba el juicio. Él se aferró más a mi cuerpo, enterrando sus dedos en mis caderas, marcando mi piel clara. Sentí una ola expansiva recorrer todo mi vientre, una tensión insoportable que amenazaba con hacerme estallar.—Voy a llegar... Alex, voy a llegar —susurré entre jadeos, completamente entregada a la tormenta de placer. —Llega para mí —aceleró el ritmo con embestidas brutales y profundas, gruñendo cerca de mi oído—. De ahora en adelante, eres mía. Solo mía. Yo sabía que era solo cosa del sexo, que luego de esa noche, mo lo vería más y él jamás sabría quién fui. Sabía que esto era un paréntesis de despecho en mi vida, pero en ese instante, bajo su cuerpo adinerado, dominante y tatuado, alcancé el clímax más devastador de mi existencia, gritando su nombre al mismo tiempo que sentía cómo él se derramaba con fuerza dentro de mí, sellando nuestro pacto de fuego en la oscuridad de su oficina.






