Alaia KendrickEl trayecto de regreso a casa en el taxi fue un torbellino de sensaciones encontradas. Mientras observaba el reflejo de las luces de la ciudad contra la ventanilla, sentía que todo mi cuerpo dolía con una intensidad sorda pero adictiva. Tenía pequeñas marcas ocultas en la piel: la ligera presión en mi cuello, el roce de mis muñecas y, sobre todo, ese calor punzante en mis nalgas que me recordaba con cada bache del camino los azotes que Alexander me había dado contra el ventanal de su Penthouse. Sin embargo, gracias a la ropa holgada que había elegido usar esa tarde, nadie podía notar el mapa de posesión que ese hombre maduro había dibujado en mí. Lo agradecía con el alma.Cuando abrí la puerta principal de mi hogar, inhalé el aroma familiar a comida casera, un anclaje de realidad que me golpeó de frente. Mis padres estaban en la sala, esperándome. Al verme entrar, sus rostros reflejaron un alivio inmediato.—¡Alaia, mi niña! Qué bueno que llegas —dijo mi madre, leva
Leer más