Alaia Kendrick
El eco de nuestras respiraciones agitadas comenzó a disminuir, dejando el despacho presidencial en un silencio sepulcral. Alexander se apartó lentamente de mí, abotonándose los pantalones con una calma imponente que me pareció casi irreal después de la tormenta que acabábamos de desatar sobre su escritorio. Se giró, me miró de arriba abajo con esos ojos marrones cargados de autosuficiencia y habló con su voz gruesa y empresarial.
—Arréglate, chiquilla. Te voy a llevar a tu nuev