Alaia
El aire en el penthouse se sentía sofocante, cargado de una electricidad estática que me erizaba la piel. Cuando la puerta blindada se cerró tras de mí, dejé atrás el refugio de Alexander para adentrarme en el terreno enemigo. El estacionamiento subterráneo estaba sumido en una penumbra fría. Mi propio coche, un deportivo negro que solía darme una sensación de libertad, esta mañana me parecía una jaula de cristal.
Subí al vehículo y, al encender el motor, mis manos temblaron de forma in