Alaia
El auto de Alexander se detuvo frente a la casa de mis padres, ese santuario de mi infancia que ahora se sentía como una fortaleza sitiada.
Él me miró durante varios segundos, sus ojos oscuros recorriendo mi rostro como si quisiera memorizar cada facción. Sabía que esto le costaba más que cualquier transacción multimillonaria; su instinto de poseer y proteger estaba en guerra con mi necesidad de autonomía.
—Estaré al teléfono. No te alejes del dispositivo. Si algo sucede... Vendre po