Alexander Sinclair
La habitación había quedado sumida en una penumbra acogedora, rota únicamente por los destellos dorados de las luces de la ciudad que se filtraban a través del gran ventanal. El aire acondicionado mantenía el ambiente fresco, pero sobre el colchón de mi cama el calor de nuestros cuerpos aún se sentía latente. Alaia estaba recostada a mi lado, apoyando la cabeza sobre mi pecho desnudo. Mi brazo tatuado la rodeaba por los hombros, manteniendo su cuerpo de reloj de arena pegado