Alaia Kendrick
El trayecto de regreso a casa en el taxi fue un torbellino de sensaciones encontradas. Mientras observaba el reflejo de las luces de la ciudad contra la ventanilla, sentía que todo mi cuerpo dolía con una intensidad sorda pero adictiva.
Tenía pequeñas marcas ocultas en la piel: la ligera presión en mi cuello, el roce de mis muñecas y, sobre todo, ese calor punzante en mis nalgas que me recordaba con cada bache del camino los azotes que Alexander me había dado contra el ventanal