La mañana era gris. En la mansión Smith, el silencio era una losa pesada, una calma tensa que dolía más que los gritos. La prensa seguía afuera, acampando frente a los portones de hierro; los flashes y los micrófonos eran como cuchillos que se clavaban en la reputación de la familia.
Dentro, la tensión podía respirarse como humo.
En el salón principal, Jon estaba sentado frente al ventanal, con el periódico extendido entre las manos. Sus ojos recorrían los titulares con el ceño fruncido, el caf