El sonido de las máquinas del hospital llenaba la habitación con un pitido constante, rítmico, casi hipnótico. Nathan Force yacía recostado en la cama, con el torso vendado y la piel pálida bajo la luz blanca del lugar. A su lado, Logan permanecía sentado en una silla metálica, su mano entrelazada con la de Nathan, como si soltarla fuera permitir que el mundo se desmoronara de nuevo.
El silencio fue roto por un par de golpes suaves en la puerta.
—¿Se puede? —preguntó una voz grave desde afuera.