El amanecer se filtraba por las persianas del hospital, tiñendo de dorado las paredes blancas. El aire olía a desinfectante y café recién hecho, pero por primera vez en días, el ambiente en la habitación de Nathan no era opresivo. Había una paz extraña, el tipo de calma que llega después de una tormenta devastadora.
Nathan estaba de pie junto a la cama, abotonándose la camisa con cierta torpeza. Llevaba aún una venda en el abdomen, y cada movimiento le recordaba lo cerca que había estado de la