Me desperté con la primera luz filtrándose por las cortinas de seda de mi nueva prisión.
La habitación seguía siendo tan opulenta como anoche: mármol, muebles de diseño, una cama que parecía flotar. Pero a la luz del día, vi los detalles.
El guardarropa, que anoche había pasado por alto, estaba ahora abierto. Me acerqué.
No había tres o cuatro prendas básicas. Había al menos quince conjuntos completos. Vestidos de cóctel, trajes pantalón de corte impecable, blusas de seda, pantalones de tela fina. Todo en tonos neutros: negro, gris, blanco, beige. Mi paleta de colores favorita.
Y mi talla. Exacta.
Saqué un vestido negro sencillo, de cuello alto. Lo sostuve frente a mí. Caería justo en mis caderas, se ajustaría a mi cintura. No era algo que yo hubiera elegido nunca—demasiado elegante, demasiado revelador—pero quien lo eligió conocía mis medidas mejor que yo.
Un escalofrío me recorrió la columna. No me gusta esto, se siente extrañamente personal para alguien que es un desconocido para