Mundo ficciónIniciar sesiónPov Alexander:
El motor de la furgoneta se desvaneció en la noche, y con él, el último rastro de mi captora. Me quedé de pie en el centro del callejón, respirando el aire podrido como si fuera el de mi propio despacho. Mi reloj marcaba las 7:42 PM. Cuarenta y dos minutos. Cuarenta y dos minutos en los que estuve completamente a merced de otro. Me alisé los puños de la camisa, arruinada con la mugre del suelo de ese vehículo. Los faros de dos autos negros cortaron la oscuridad. Se detuvieron con la precisión que exijo. Iván bajó primero. La marca en su mandíbula hablaba de una pelea perdida contra aquel hombre. La rigidez de sus hombros, de un fracaso que no tolero. —Jefe —dijo Iván, su voz más ronca de lo usual—. Fallé. No lo miré. Seguí observando el punto donde la furgoneta había desaparecido hacía ya varios minutos. —Dos personas —dije, y mi voz sonó tan fría que hasta los insectos parecieron callar—. Un tipo desarmado y escuálido. Una mujer con una pistola. —Hice una pausa —. Los hermanos Antonov gastaron medio millón en mercenarios el año pasado. El checo tenía un francotirador en nómina durante seis meses. Ninguno se me logró acercar siquiera. Subí al auto sin esperar respuesta. El interior olía a cuero nuevo y a tabaco. Iván se sentó en frente, sin atreverse a girar la cabeza para verme. —Hoy —continué, mientras la ciudad pasaba tras el vidrio blindado—, por primera vez en diez años, alguien me puso una pistola en las costillas. Alguien me amarró. Alguien me lanzó como un muñeco de trapo. Y ese alguien no era ningún grupo de matones. No era un policía entrenado. Era una mujer. Una sola mujer. Iván contrajo los músculos de la mandíbula. Cada palabra mía era un latigazo y él los aceptaba en silencio. Como el jefe de mi grupo de seguridad, todo lo sucedido es su entera responsabilidad. —Podría estar muerto —dije, y esta vez dejé que el filo de mi ira se asomara—. Mi hijo estaría solo. Porque mi mejor hombre no supo detener o siquiera prevenir, el ataque de dos personas prácticamente desarmadas. Y mis otros guardias estaban distraídos quién sabe dónde. El silencio en el vehículo se volvió tangible. Pesaba más que el acero a prueba de balas que nos rodeaba. Pero no era la incompetencia de ellos lo que me quemaba por dentro. Era el recuerdo de sus manos. Firmes al atar los nudos. Y su voz, ese tono imperturbable que no delataba ni emoción ni miedo cuando dijo: "Si esto hubiera sido real, ya estarías muerto." Esa frase resonaba en mi cráneo. No era una bravata. No lo dijo para presumir, lo declaró como un hecho. Y en su frialdad, había una verdad humillante: ella había tenido mi vida en sus manos y había decidido que, hoy, no valía la pena quitarla. ¡Maldita mujer! Nadie me había hecho sentir así. Como un cordero en el matadero, esperando su turno. Yo suelo estar del otro lado de una pistola, yo soy quien suele jalar el gatillo, no quien está frente al cañón. —Quiero saber quién es —dije, y mi voz recuperó su tono calmado de siempre—. Todo. Iván asintió, aliviado de tener una orden que cumplir. —La furgoneta será la manera de encontrarla. Revisa las cámaras de tráfico, todas las que haya en un radio de veinte cuadras de la torre. Después, cuando des con ella me pasas la información. —Sí, jefe. —Lo quiero todo —añadí, y en mi mente volví a ver esos ojos castaños y retadores—. Quiero saber quién la contrató y por qué. Alguno de mis enemigos debió ser. —Entendido. —Sus rutinas. Dónde vive. Dónde duerme. Con quién habla. —Miré por la ventana, viendo mi reflejo sobrellevar la ciudad—. Tienes veinticuatro horas. No quiero suposiciones. Quiero un dossier completo sobre mi escritorio. —Así será. El vehículo se detuvo frente a la entrada de la casa. La puerta se abrió. Antes de bajar, dejé caer una última frase: —Ella no dudó, no tembló ni un segundo —dije, más para mí que para Iván—. Nadie que me ha apuntado así de cerca ha dejado de temblar. Me adentré a la mansión siendo recibido por el mayormodo, que inclinó la cabeza en señal de respeto al verme pasar. Los sirvientes apartaron la mirada y huyeron escabullidos de mi presencia. Todo seguía igual que siempre en mi vida. Todo bajo control. Todo, excepto lo que había sucedido esa noche. Entré a mi despacho y me paré frente al ventanal que da vista a la ciudad. Ahí abajo, la ciudad era un tablero de luces que yo movía a mi antojo. O eso creía. Esa mujer, con sus manos firmes y su voz tranquila, había hecho algo que ni ejércitos enteros habían logrado: me había hecho sentir vulnerable. Y al dejarme ir, me había despojado de algo más valioso que mi riqueza o mi dignidad: la certeza de mi propio control. No me mató cuando pudo. Un error de cálculo, sin duda. Pero yo no cometería el mismo. —Te encontraré —murmuré hacia el cristal, y sin duda mis palabras nunca eran una amenaza vacía. Eran una promesa.






