El silencio después de sus palabras era tan denso que podía tragarse el sonido de mi propio corazón. Miré la carpeta de cuero negro sobre la mesa, luego esos ojos azules que no parpadeaban. Posesión. Era la única palabra para lo que veía en ellos.
Con un movimiento que esperaba fuera más firme de lo que sentía, abrí la carpeta.
No eran hojas sueltas. Era un documento legal, impreso en papel grueso y caro, con encabezados en negrita y párrafos interminables. Mi vista se fue directo a las frases que saltaban:
"...servicios exclusivos e ilimitados..."
"...período mínimo de cinco (5) años..."
"...incumplimiento resultará en la divulgación inmediata a las autoridades de todas las actividades ilícitas de la parte contratada, con evidencia adjunta..."
"...la parte contratante asignará tareas a su entera discreción, sin derecho a objeción..."
Dejé que las páginas cayeran sobre la mesa con un golpe seco.
—¿Qué es esta mierda?—Mi voz sonó rasgada, pero la ira le daba fuerza.
—Es exactamente lo