La punta de la pluma rozó el papel, tan fría como el cañón de un arma. Respiré, contando hasta tres en mi mente.
Bajé la pluma.
—Antes de que firme mi sentencia —dije, y mi voz sonó sorprendentemente firme en el silencio cargado—, hay condiciones.
Los ojos azules de Alexander parpadearon, solo una vez. Luego se estrecharon con desconfianza.
—No estás en posición de pedir condiciones —respondió, pero su tono no era de negación. Era una invitación a que lo intentara.
—Claro que lo estoy —dije, sosteniendo su mirada—. Me pides utilidad. Pero una herramienta rota no sirve para nada. Y yo me rompo bajo ciertas reglas.
Esperé. Él no dijo nada, solo inclinó ligeramente la cabeza. Un gesto de continúa.
—Primero: un salario real —enumeré, levantando un dedo—. Transferido a una cuenta a mi nombre cada mes. Si voy a vender mi tiempo, lo vendo a precio de mercado.
—Razonable —concedió él, sin inmutarse—. Segundo.
—Un día a la semana libre. Supervisado si quieres, vigilado, lo que sea. P