El vestido era una segunda piel negra, cortado para mostrar cada curva como un arma. Sin adornos. Sin piedad. Lo odié al instante.
La doncella lo abrochó a mi espalda, sin decir una palabra. Sus manos son firmes cuando ajustan el vestido, cuando cierran la cremallera, cuando acomodan la tela como si mi cuerpo fuera una pieza más del mobiliario de la casa Volkov. El espejo frente a mí devuelve a una mujer que reconozco y no al mismo tiempo.
Negro. Demasiado negro. El vestido se ciñe donde debe y deja al descubierto justo lo suficiente para incomodarme.
—Está lista —dice ella, dando un paso atrás.
Yo no me siento lista.
Me observo un segundo más. Vulnerable. Expuesta. Visible.
La puerta se abre sin anunciarse.
Alexander entra y la chica sale luego de hacer una casi reverencia ante él.
No dice nada al principio. Se detiene a unos pasos, y lo siento antes de verlo. El aire cambia cuando él está cerca. Denso. Frío. Su mirada me recorre despacio, sin pudor, de arriba abajo. No hay deseo