Mundo ficciónIniciar sesiónEl martes había sido el error. El miércoles fue el miedo.
Hoy jueves, intenté volver a la normalidad. Me levanté, hice café, revisé el correo cifrado que usábamos para los clientes. Tres consultas nuevas. Una de un estafador de poca monta, otra de un empresario con un socio problemático, otra de alguien que ni siquiera se molestó en dar detalles. Ninguna de ellas era de Vladimir avisándonos nada. Marcos había llamado dos veces. Lo evité. No quería oír su voz cargada de ese presentimiento que ahora compartía, pero que me negaba a alimentar. Fue un susto, repetí mientras limpiaba mi arma con un paño. Un ricachón con guardaespaldas, con enemigos. Lo máximo que hará será mandar a sus matones. Si es que no tiene cosas más importantes que hacer. Pero en la cocina, mientras miraba el agua hervir en la tetera, mis manos temblaron ligeramente por la adrenalina reprimida. La memoria de esos ojos azules, evaluándome en la penumbra de aquel callejón. Ese silencioso : "Te encontraré." No había manera de que yo pudiera aliviarme de esa tensión. Mientras me servía el té, golpearon a la puerta, y supe que la normalidad había sido una fantasía. Eran golpes rápidos, fuertes, que resonaban en la madera de la puerta de mi departamento como martillazos contra un ataúd. No era Marcos. Marcos llamaba antes de subir. El instinto, ese animal viejo y sabio dentro de mí, se puso en guardia. Miré por la mirilla. Y el mundo se detuvo. No era uno. Eran tres. Hombres con trajes oscuros, caras de piedra. Y tras ellos, una silueta más alta, más ancha, bañada por la luz tenue del pasillo. Rubio. Impecable. No. Antes de que pudiera reaccionar, retroceder, buscar mi teléfono o cargar el arma, sonó un estallido seco. La cerradura de mi puerta saltó en pedazos, astillas de madera volando hacia el interior del pasillo. La puerta se abrió de golpe. Y me encontré mirando directamente al cañón negro de una pistola. Y luego a otro. Y a otro. Tres armas. Tres extensiones perfectamente quietas de tres hombres que no respiraban siquiera fuerte. Detrás de ellos, él avanzó. Ese hombre cruzó el umbral de mi casa como si fuera suya. Su mirada barrió la sala, el sofá modesto, la mesa de centro con mi laptop, las fotos genéricas de paisajes en las paredes. Una evaluación rápida, despreciativa. Luego, esos ojos azules se clavaron en mí. Yo estaba congelada en medio de la sala, con una taza de té aún caliente en la mano. Vestida con pantalones de pijama y una camiseta holgada sin sujetador siquiera. Vulnerable. Expuesta. —Anastasia Petrova —dijo. Mi nombre en su boca sonó a sentencia, no a saludo. Su voz era tan serena como en el callejón, pero ahora tenía el filo del acero al descubierto—. Te advertí que te arrepentirías si me soltabas. El aire se espesó. Las pistolas no se movieron. Su presencia llenaba el espacio, lo hacía más pequeño, más opresivo. Ya no era una sospecha. Era una certeza de piedra: no me había metido con un ricachón. Me había metido con una tormenta. Y la tormenta había venido a cobrar. —Conserva la calma —logré decir, y mi voz, para mi propio asombro, sonó firme. La voz de la teniente, no la de Ana la cobradora—. Puedo explicarlo. No trabajaba para nadie. Fue un error. Una equivocación de identidad. Él dio un paso más adentro, desviándose de la línea de fuego de sus hombres con la naturalidad de quien ha vivido entre balas toda su vida. —¿Por qué debería creerte? —preguntó, con genuina curiosidad, como si estudiara un insecto interesante—. Sé lo de tu… trabajo, cobrando deudas ajenas. Un nombre tan modesto, para lo que haces. —Dio otro paso. La distancia se redujo a menos de tres metros—. Pero dime, Anastasia: ¿qué cobrador, por estúpido que sea, confunde a un deudor… conmigo? Su pregunta flotó en el aire, cargada de un significado que yo solo empezaba a comprender. No era una pregunta. Era una demostración de poder. Nadie se atrevería. —Fue una confusión —insistí, aunque sabía que mis palabras sonaban cada vez más huecas—. La descripción coincidía. El lugar, la hora… Me equivoqué de persona. Él cerró la distancia restante de un paso más. Ahora estaba tan cerca que podía ver las vetas de plata en su pelo rubio, la línea perfecta de su mandíbula apretada. Tuve que levantar la cabeza para mantener su mirada. Su altura era abrumadora, una torre de fuerza y furia helada. —Tienes una cara muy bonita —murmuró, su voz bajando a un tono peligrosamente íntimo—. Pero unos ojos muy fieros para ser solo una cobradora de deudas. —Su mirada escarbó en la mía, como si pudiera extraer la verdad capa por capa—. Los ojos no mienten, Anastasia. Y los tuyos no tienen miedo. Eso es… intrigante. El comentario me descolocó. Pero también me encendió. El miedo inicial se estaba transformando en otra cosa: en fastidio. En rabia. —¿Qué quiere? —espeté, dejando la taza de té en la mesa con un golpe seco. Ya había perdido la paciencia. Las armas me enfocaban, pero yo había estado en campos donde los disparos no venían de una sola dirección, y donde el enemigo no te daba la oportunidad de hablar. Un arma apuntándote es una amenaza, no una garantía de muerte. Y a las amenazas, uno puede plantarles cara—. Ya está en mi casa. Ya demostró su punto. ¿Qué sigue? Una chispa de algo—¿sorpresa? ¿aprobación?—cruzó sus ojos azules. —Estoy pensando —dijo, lentamente— en no cometer el mismo error que tú. La implicación cayó como un bloque de hielo en el estómago. Pensaba en no dejarme vivir. Sin pensarlo, movida por un impulso que venía de lo más profundo de mi orgullo herido, abrí los brazos a los costados, exponiendo completamente mi pecho. Un gesto de desafío puro, estúpido y temerario. —Aquí estoy —desafié, clavando mi mirada en la suya—. Entonces, dispara. El silencio fue absoluto. Sus hombres ni parpadeaban. Él no movió un músculo. Y entonces, su boca—esa boca firme y cruel—se curvó en una sonrisa de lado. Era la sonrisa de un jugador que acaba de recibir la carta que esperaba. —Sería un desperdicio —declaró, y su tono cambió, volviéndose práctico, decidido—. Matar a alguien con… tus habilidades particulares. Sería un crimen contra la utilidad. Tengo una idea mejor. Extendió una mano hacia atrás, sin mirar. Uno de sus hombres, como un autómata perfectamente entrenado, le puso una carpeta de cuero negro en la palma. Él la tomó, y con un gesto casual pero preciso, la lanzó sobre la mesa de centro de mi sala. Aterrizó con un golpe sordo frente a mi taza de té aún humeante. —Fírmalo —ordenó. Confundida, con el corazón golpeándome ahora no de miedo, sino de pura y rabiosa incertidumbre, miré la carpeta, luego a él. —¿Qué es? Él sostuvo mi mirada, y en sus ojos azules ya no había curiosidad ni ira. Había posesión. Un frío, absoluto derecho de conquista. —Es —dijo, cada palabra cayendo como un eslabón de una cadena— la correa que pondré alrededor de tu cuello.






