Mundo ficciónIniciar sesiónCon el corazón golpeándome en la garganta, abrí el mensaje.
Era de Vladimir, el famoso prestamista que ahora era nuestro cliente. Las palabras no se medían, eran pánico y furia condensados en texto: "¡IDIOTAS! ¡Ese no es Anton! ¡Anton acaba de llamarme suplicando más tiempo! ¡A quién diablos secuestraron! ¡Suéltenlo AHORA y si quieren vivir NO me involucren!" El mundo se detuvo. El rugido del motor se convirtió en un zumbido lejano. Todo el aire desapareció de la furgoneta. Él no es el deudor. Miré por el retrovisor. La figura sentada en el piso, con la capucha negra, no era Anton Rysakov. Había secuestrado al hombre equivocado. Y por la forma en que se mantenía tan quieto, por el guardaespaldas que había gritado "¡Jefe!", tenía la terrible certeza de que había secuestrado a alguien que no lo dejaría pasar fácilmente. Mis manos estaban sudando dentro de los guantes. Las aferré al volante con más fuerza de la necesaria, como si esa pieza de plástico y cuero pudiera anclarme a una realidad que se desmoronaba. Conduce normal. Respira. Piensa. El mantra de soldado, ahora manchado de pánico civil. El zumbido del motor era el único sonido, pero la presencia en la parte trasera era más ruidosa que una explosión. La sentía como una presión en la nuca, un frío que se colaba por la columna. No era un deudor asustado. Era algo peor. —¿Cuánto te pagaron? La voz salió de la oscuridad, serena, precisa. Como si estuviera haciendo una pregunta sobre una transacción comercial. No había rastro de pánico. Ni siquiera de la tensión de un rehén. Me dije a mí misma que debía mantener el personaje, el de la cobradora dura. —Más de lo que vales —respondí, forzando un tono desafiante que sonó hueco incluso para mí. Hubo un silencio breve, como si estuviera saboreando mi respuesta. Luego: —¿Trabajas sola? —Preguntas mucho para alguien que está en tu situación. —Presioné el acelerador un poco más, tomando una curva más cerrada de lo necesario. Un movimiento brusco, quizás para sentirlo perder el equilibrio. Él ni se inmutó. Se balanceó con la inercia como si estuviera arraigado al piso. Esa era la cosa. La ausencia total de miedo. No era la valentía de un inocente que cree en su suerte. Era la calma de alguien que está midiendo opciones, esperando. Como yo en una misión. La familiaridad de eso era lo que más miedo me daba. Mi teléfono vibró en el asiento. Marcos. Lo conecté al auricular con un gesto rápido. —¿Ana?—Su voz sonaba agitada, con un jadeo de fondo—. Escucha, ese tipo… el guardia. No era un chófer cualquiera. Llevaba una pistola real, Ana. Por poco me vuela la cabeza. Tuve que soltar todo el humo de la moto para escapar. Una bola de hielo se expandió en mi estómago. Pistola real. Esto ya no era una intimidación de medio nivel. Era otra liga. Una liga donde las balas no eran falsas. —¿Estás limpio? ¿Te siguieron? —pregunté, bajando la voz. —Creo que no. Pero eso no es todo. Vladimir acaba de llamar. Está histérico. Dice que el objetivo real, Anton, está vivo y suplicando. Que soltemos lo que sea que tengamos. Que nos larguemos. Miré al espejo retrovisor. La figura encapuchada estaba perfectamente quieta. Aunque no podía escuchar la conversación parecía como si lo hiciera. —Ya lo sé—dije, forzando un tono plano—. Recibí el mensaje. Yo me encargo. Vete a casa. Borra los registros del día. Ahora. —Ana, ¿quién diablos está en esa furgoneta? —Yo me encargo —repetí, y corté la llamada. El silencio que siguió fue espeso, cargado. Podía oler mi propio miedo, agrio y metálico. Había secuestrado a un hombre que tenía un guardaespaldas armado. Un hombre cuyo instinto, incluso atado y cegado, no era el de una víctima, sino el de un depredador. Entonces, él habló de nuevo. Su voz no había subido de volumen. No mostraba ira, ni siquiera impaciencia. Solo una curiosidad letal. —¿Tienes idea de a quién secuestraste? Esta vez, no pude forzar una respuesta. Las palabras se ahogaron en mi garganta. Porque la verdad era que no quería saber. Saberlo haría que este error tuviera un nombre, una identidad, un peso imposible de dejar atrás. Ya no sería solo un trabajo sucio. Haría las consecuencias concretas. Pero en lo más profundo de mí, en la parte que había sobrevivido a un campo de batalla, ya lo sabía. Había visto ese porte, esa autoridad silenciosa. Había sentido el peligro que emanaba de él como radiación. Había secuestrado a alguien peligroso. Y ahora iba conduciendo por la ciudad con él en la parte trasera, un paquete tóxico sin dirección de entrega, con un arma en mi cintura que de repente se sentía tan inútil como un juguete. Miré la carretera. El lugar en Calle los Olivos donde se suponía que debía entregarlo, estaba descartado. No podía llevarlo a ningún sitio vinculado a mí ni al trabajo. Tenía que soltarlo. En un lugar desierto, alejado. Y huir. Rezar que fuera solo un ejecutivo con conexiones oscuras y un guardaespaldas excesivo. Tomé la siguiente salida, hacia el distrito industrial abandonado. Calles oscuras, faroles rotos, almacenes con ventanas ciegas. El lugar perfecto para dejar un error. —No importa quién seas —dije, más para convencerme a mí misma que a él—. Esto se terminó. Te voy a dejar en la siguiente calle. Te quito las ataduras. Y te olvidas de que esto pasó. Desde la oscuridad de atrás, llegó un sonido. Suave. Breve. No era un suspiro. Era una risa. Baja, seca, completamente desprovista de cualquier rastro de humor. Fue el sonido más aterrador que había escuchado en mi vida. —Eso —dijo él, su voz un hilo de seda fría que me recorrió la espalda—, es lo primero que dices que suena a verdadera estupidez. Y supe, con una certeza que me congeló la sangre en las venas, que tenía razón. Esto no se terminaba al soltarlo. Esto apenas comenzaba.






