Mundo ficciónIniciar sesiónLa furgoneta se detuvo con un chirrido suave en un callejón tan oscuro que parecía un corte en la piel de la ciudad. Solo un farol roto parpadeaba a lo lejos, proyectando sombras espasmódicas sobre ladrillos desconchados. El olor a basura y humedad llenaba el aire. Perfecto. Nadie vendría aquí por voluntad propia.
Apagué el motor. El silencio fue repentino y absoluto, roto solo por el latido acelerado de mi propia sangre en los oídos. Hazlo rápido. Limpio. Y desaparece. El protocolo para cuando un trabajo sale mal. Nunca antes lo había necesitado. Me ajusté la gorra y el cubrebocas. Me bajé, las piernas un poco débiles. La pistola pesaba una tonelada en mi mano. Al abrir la puerta trasera, lo encontré sentado tal como lo dejé, la capucha negra ocultando todo excepto la línea firme de sus hombros. Incluso ahora, no mostraba urgencia. Era como desempacar una estatua. —Te bajas aquí —dije, metiéndome en la furgoneta. Agarré un cuchillo de bolsillo y me acerqué. El aire a su alrededor parecía más frío—. No grites. No me sigas. Es todo. Corté las tiras de plástico de sus muñecas con un movimiento seco. Las vendas cayeron. Luego, con más cuidado del que hubiera querido admitir, le quité la capucha. Su pelo rubio estaba ligeramente desordenado. Se lo sacudió con un movimiento casi imperceptible de la cabeza. Y luego, alzó la vista. Sus ojos me encontraron en la penumbra. Azul hielo. Claros, calculadores, y completamente serenos. No había rastro del terror, la confusión o el alivio que había visto en docenas de rostros antes. Solo una evaluación fría, como si yo fuera un espécimen raro bajo un microscopio. Se frotó las muñecas, donde las tiras habían dejado unas marcas rojas tenues. No parecía importarle. Su mirada no se despegó de mi cara, aunque no podía distinguir mucho debido al cubrebocas. —Si me liberas… —dijo por fin, y su voz era tan tranquila y conversacional como dentro de la furgoneta— …te encontraré. No fue una simple amenaza por rabia. Fue una certeza absoluta, dicha con la misma convicción con que se anuncia la lluvia. Un escalofrío me recorrió la columna, pero no pude permitir que me viera asustada. Mi entrenamiento tomó el control. Enderecé la espalda y lo miré directamente a esos ojos que no parpadeaban. La profesional frente al problema. —Si esto hubiera sido real —dije, y dejé que cada palabra cayera con el peso del acero—, ya estarías muerto. Fue lo último que le dije. Un intento desesperado por recuperar algo de poder, por recordarle (y recordarme) que yo había estado a cargo. Que podría haberlo estado. Él no respondió. Solo una esquina de su boca se curvó ligeramente en una mueca torcida, parecida a una sonrisa. Como si mi frase hubiera confirmado algo divertido y patético a la vez. Di media vuelta, salí del callejón, y me subí a la furgoneta. Encendí el motor. Por el espejo retrovisor, lo vi por última vez. Se había mantenido de pie, arreglando los puños de su camisa impecable en medio de la basura y la oscuridad. No me miraba irme. Estaba revisando el reloj de su muñeca, como si yo fuera solo una molestia que había retrasado su agenda. Pisé el acelerador y la furgoneta rugió, alejándome de él. Pero la imagen de su silueta erguida en la oscuridad, imperturbable, ya se había tatuado en mi mente. --- El lugar de encuentro —un almacén en la zona baja de la ciudad— estaba iluminado cuando llegué. Marcos estaba allí, recorriendo el mismo camino una y otra vez frente a la ventana. Se detuvo en seco al verme entrar. —¿Dónde demonios estuviste? Te llamé como veinte veces —su voz era un susurro áspero, cargado de una tensión que nunca le había escuchado. —Conduciendo. Pensando —dejé las llaves sobre la mesa con un golpe seco—. El asunto está arreglado. —¿Arreglado? —se rió, un sonido sin humor—. Ana, ese guardia tenía un arma. Como las nuestras, pero con balas reales. Y el tipo al que secuestraste, sabrá Dios quién demonios es. ¿Qué clase de deudor tiene un guardaespaldas así? La palabra "deudor" sonó falsa en el aire. Ambos sabíamos que lo que tuvimos en esa furgoneta no era ningún deudor. —Un paranoico —dije, más para convencerme a mí misma—. Con dinero y enemigos reales. Lo máximo que podemos esperar es una demanda por… no sé, agresión o algo. —¡Eso es lo que me asusta! —Marcos se acercó, bajando la voz—. Esa gente no llama a la policía, Ana. Tienen socios que son peores que leones hambrientos. Y tienen otros métodos. Métodos que no pasan por los tribunales. Métodos que empiezan con una visita como la que nosotros le hicimos a él, pero que no terminan soltando a nadie en un callejón. Su última frase cayó entre nosotros como una piedra. Él pensaba en la agencia, en las deudas que podían cobrarnos a nosotros. Yo pensé en un nombre sellado en un expediente militar, en un apellido cambiado, en un niño rubio que no sabe que existo. En todas las cosas que una investigación minuciosa podría desenterrar. —Marcos —dije, poniendo una mano en su hombro. Intenté que mi voz sonara firme, convincente—. Respira. Ya pasó. Está en algún lugar de la ciudad, probablemente contándole a sus amigos ricos lo de la loca que lo secuestró por error. Mañana llamaremos a nuestro contacto en la policía, por si acaso. Devolveremos a Vladimir su dinero y le diremos que el trabajo se canceló. Pero esta noche… vete a casa. Descansa. Él me miró, buscando en mis ojos la confianza que yo ya no sentía. Finalmente, asintió, derrotado. —Esto no va a quedar así, Ana. Lo sé. —Yo también—admití en un susurro—. Pero por ahora, vete. Después de que se fue, el silencio del almacén se volvió opresivo. Cada sombra parecía esconder esos ojos azules. Cada ruido del edificio era un paso acercándose. Regresé a mi departamento en un taxi, dando mil vueltas. Subí las escaleras sintiendo cada escalón como una montaña. Al cerrar la puerta tras de mí y echarle el cerrojo, por primera vez en años, no me sentí segura. Me serví un vaso de agua y me quedé mirando por la ventana a la ciudad indiferente. Mi instinto, ese animal antiguo y raras veces equivocado que había sobrevivido al ejército y a la pérdida, gruñía en lo más profundo de mi pecho. Algo no va bien, susurraba. Esto no ha terminado. Y luego, la certeza más fría, la que me hizo apretar el vaso hasta que los nudillos se pusieron blancos: No será la última vez que vea a ese hombre. El error ya no era un hombre en un callejón. Era una semilla. Y acababa de plantarla en la tierra más peligrosa imaginable: la atención de alguien que no olvidaba. Alguien que, estuve segura, ya había empezado a buscarme.






