Habíamos dejado atrás las luces de la gala. Íbamos de regreso a la mansión, pasada la media noche.
El silencio dentro del auto es tan espeso que puedo oír mi propio corazón. Alexander está a mi lado, relajado de una forma que solo tienen los hombres que creen controlarlo todo.
Las luces de la ciudad pasaban como ráfagas. Hasta que entramos en un largo túnel.
Fue entonces cuando el silencio se rompió.
Dos camionetas negras salieron de la nada, bloqueando la entrada y la salida. No hubo advertencia. Sólo el sonido seco de los cristales blindados del auto recibiendo una lluvia de balas.
Ante el ataque el auto que venía detrás de nosotros, con los guardias de Alexander, responde de manera ofensiva. El lugar se llena del ruido de los disparos y el olor de la pólvora.
Alexander se gira hacia mí.
—No salgas del auto —dice, su voz cortante—. ¿Entendido?
Asiento, apretando los dientes.
Quiere protegerme. O controlarme. Da igual. Salir ahora sería delatar mi entrenamiento militar. Así que me