(Narrado por Ezra)
El grito de Dhalia me arrancó del sueño como un cuchillo clavado en el pecho.
Nunca había escuchado un sonido así. Ni en mis peores pesadillas.
Abrí los ojos. Dhalia estaba de pie junto a la cuna vacía. Temblando. Con las manos en la boca. Los ojos desorbitados.
—No está —dijo, con una voz que no era la suya—. Ezra, no está. No está.
Me levanté tan rápido que la silla salió disparada contra la pared. Dos zancadas. Tres. Llegué a la cuna.
Vacía.
Sin Esperanza.
Algo se rompió