América iba en el auto de Nathan, de regreso a casa. Ramón, el mozo, traía el suyo. Él conducía en silencio, con la mirada fija en el pavimento. De vez en cuando, giraba el rostro hacia ella, todavía con el ceño fruncido, tenso.
—¿Por qué Vladimir estaba en casa de Bárbara? ¿Y por qué andas así de provocativa? —le lanzó la pregunta sin filtros, volviéndola a mirar de arriba abajo. Su tono, más que celoso, sonaba inquisidor, casi hostil, pero minutos antes había pedido perdón, quizá porque estab