América se duchaba en uno de los cuartos del apartamento de Gustavo. El agua caliente resbalaba por su espalda como si pudiera arrastrar también el miedo, el dolor y la vergüenza que aún la habitaban. Había llamado a las chicas para contarles lo sucedido, y habían quedado en verse al día siguiente después de clases. Gustavo, atento y solidario, había ofrecido posada tanto a ella como a Anita. A esta última, incluso le había dado trabajo como asistente del hogar, ya que no tenía quien lo ayudara