—Quiero que la vigilen todo el tiempo sin que ella se dé cuenta —ordenó Nathan con voz firme a los dos hombres que había contratado para cuidar a América. No confiaba en nadie. Ni siquiera en ella. Necesitaba saber si era la víctima o si estaba jugando el mismo papel que Bárbara.
—Empiezan hoy. Ya pueden irse a sus autos —concluyó, despidiéndolos con un leve movimiento de la mano.
La oficina quedó en silencio. Nathan se quedó sentado frente a su escritorio, solo, tenso, molesto. No quería ser g