América estaba en lo que solía ser su habitación. Bárbara la había recibido con tanto cariño que, por un instante, se sintió culpable de no haber ido antes. Cuando entró a la casa, la envolvieron besos y abrazos; luego compartieron una taza de té, almorzaron juntas y, para sorpresa de América, Bárbara le regaló un vestido. Insistió en que se lo probara.
Y para complacerla, allí estaba, frente al espejo, enfundada en un vestido rojo intenso —su color favorito— que abrazaba su figura con un corte