VALENTINA
La angustia de la madre Agnese terminó de empujarme a la decisión que llevaba días creciendo como una herejía en mi pecho. Escapé del orfanato al caer la noche. A solas. Sin bendición. Sin permiso. Tras una caminata interminable, tomé un taxi y le di la dirección que había memorizado como quien aprende un conjuro peligroso.
Caminé un par de cuadras más, pregunté a transeúntes que me miraron con desconfianza, hasta que finalmente lo vi.
El edificio era imponente, elegante, demasiado vivo para un lugar donde seguramente se firmaban condenas. Me presenté en la portería. Hubo una llamada breve. Luego, un gesto seco que me permitió el paso.
—El señor Martinelli, va atenderla.
Su nombre volvió a incendiarme la lengua.
No era solo un nombre: era el pecado que había aprendido a callar, la plegaria prohibida que regresaba cada viernes. El hombre que convirtió mi fe en tentación.
Uno de sus hombres me condujo hasta una oficina amplia y sobria. Abrió la puerta. Entré.
—Buenas noches…
N