VALENTINA
La angustia de la madre Agnese terminó de empujarme a la decisión que llevaba días creciendo como una herejía en mi pecho. Escapé del orfanato al caer la noche. A solas. Sin bendición. Sin permiso. Tras una caminata interminable, tomé un taxi y le di la dirección que había memorizado como quien aprende un conjuro peligroso.
Caminé un par de cuadras más, pregunté a transeúntes que me miraron con desconfianza, hasta que finalmente lo vi.
El edificio era imponente, elegante, demasiado vi