Mundo ficciónIniciar sesiónÉl lo tiene todo: poder, dinero y control absoluto sobre su imperio… pero no sobre su vida personal. Su esposa lo traiciona y abandona, dejándolo solo con una hija que anhela cariño y presencia. Absorbido por el trabajo, no nota que la pequeña también se siente huérfana de padre. Cuando en un descuido la pierde por unos minutos, comprende que necesita ayuda. Una niñera aparece en su camino, sin imaginar que, más allá de cuidar a la niña, llegará para despertar sentimientos dormidos y enseñarle lo que significa amar de verdad.
Leer más★ LulúCuando le dije “Te amo”, pensé que Daniel iba a hacer una de sus típicas cosas de macho confundido: levantarse, caminar en círculos, o decir alguna tontería para disimular que le explotaba el pecho.Pero no.Se quedó quieto, mirándome con una intensidad como cuando algo le golpea directo en el alma, como si hubiera estado esperando que yo dijera eso desde hace muchísimo tiempo.—Repite eso —murmuró.—Te amo —dije otra vez, con la voz temblorosa, porque sí, yo también tenía derecho a ponerme nerviosa.Y Daniel se suavizó por un instante, como si todo su aire de hombre fuerte se deshiciera solo para mí, dejando entrever una ternura tan hermosa.Me tomó la cara entre sus manos y me besó, pero no como antes, no con esa urgencia desesperada ni con hambre de olvidar el mundo; esta vez su beso fue lento, cálido y seguro, transmitiendo con cada movimiento lo que las palabras no podían decir, y sin darme cuenta nuestras frentes se encontraron, unidas en un roce suave que parecía detener
★ LulúEstaba cansada. No solo cansada… estaba destruida. Después del día que habíamos tenido, lo único que quería era dormir durante un mes entero, con la puerta cerrada, las ventanas selladas y cero posibilidades de que Mariana apareciera por algún lado como fantasma vengativo. Aun así, ahí estaba, sentada en el coche de Daniel, mirando las luces de la calle pasar mientras él manejaba rumbo a casa de su mamá. De mi suegra. Sí, mi suegra. Jamás pensé decir esa palabra sin que se me atorara en la garganta, pero después del susto del día, Carmen me parecía más un ángel que una suegra.La llamada había sido breve, pero contundente:“Daniel, déjame a la niña. Se quedó dormida profundamente. No tiene caso que la muevas. Déjenla pasar la noche aquí.”Y claro, Daniel dudó. Dudó como siempre duda de todo lo que no puede controlar, pero al final cedió porque sabía que Amelia estaría segura ahí. Yo también lo sabía. Carmen podrá ser intensa, pero jamás descuidaría a esa niña.Y ahí, en medio d
★ MarianaEse maldito de Daniel y su noviecita barata están arruinando mis planes.Ni siquiera cerré bien la puerta del coche cuando Andrea bajó. La niña me miró con esos ojos grandes, húmedos y suplicantes, creyendo que había hecho algo bien.—Mamá… —dijo—. ¿Lo hice bien? Creo que le caí bien a Amelia.El simple sonido de ese nombre me disparó la sangre a la cabeza. Amelia. La niña perfecta. La que “no es hija de Daniel” y aun así él defiende como si fuera oro puro. La que me quitó todo. La que siempre tuvo lo que yo no tuve.Le agarré el brazo con fuerza.—Entra. —No le di oportunidad de respirar.Ella se quejó.—Mamá… me duele… suéltame.No me detuve. No estaba de humor para tonterías.En cuanto la empujé dentro de la casa, escuché pasos bajando por la escalera. Él apareció. Mi pareja. Sebastián. Camisa medio abierta, sonrisa floja y ese aire de que todo le da igual mientras lo traten como rey.Andrea corrió hacia él como si su vida dependiera de eso.—Papá… mamá está molesta. Creo
★ Daniel—¿Estás bien? —fue lo primero que escuché cuando la puerta se cerró detrás de Mariana.No tuve tiempo ni de respirar. Lulú salió del pasillo, despacio, como si le diera miedo interrumpir algo que no le pertenecía. Pero en cuanto sus ojos se encontraron con los míos, ya no se detuvo. Vino hacia mí directo, sin dudas, sin reservas y sin juicio.Me abrazó, sin preguntar nada más.—¿Dónde estabas? —pregunté contra su cabello—. Pensé que… no sé, que te habías ido.—Estaba cuidando a las niñas —dijo ella, medio riéndose, medio nerviosa—. Sentí que… necesitabas privacidad.—Lo que necesitaba era no estar solo —confesé, sin pensarlo, sin filtro—. Te necesitaba a ti.Lulú levantó la cara, sorprendida. Sus ojos estaban un poco rojos. No sé si por aguantar el llanto o por miedo.—Amelia está jugando en su cuarto —se apresuró a decir, como si quisiera llenar el silencio.—Bien —respondí—. La voy a llevar con mi mamá. Y tú vienes conmigo.—¿A dónde? —preguntó ella, frunciendo el ceño.—A
★ Daniel—¿Qué haces aquí, Mariana? —fue lo primero que solté, sin filtros, sin ganas de fingir nada más.Ella ni pestañeó. Ahí, parada en mi puerta como si aún tuviera el derecho de aparecer cuando se le diera la gana, como si no hubiera desaparecido durante dos años sin una maldita explicación.—Daniel, tenemos que hablar —repitió, como si yo no hubiera escuchado la primera vez.No quería hablar. No quería verla. No quería que Amelia la viera.Y mucho menos quería procesar lo que hacía esa niña agarrada de su mano.Pero antes de que pudiera decirle que se fuera al carajo, la voz de mi hija rompió todo.—¡Papi! —gritó Amelia desde las escaleras, abrazada a su muñeca Sofía como si fuera parte de su cuerpo.Mi corazón se me aflojó. Mi niña.Ignoré por completo a Mariana y caminé directo hacia Amelia, como si todo lo demás desapareciera.—¿Qué pasa, mi amor? —le pregunté, cargándola con una mano mientras con la otra apartaba un rizo que le caía en los ojos.—Sofía me dijo que las brujas
★ Lulú—¿De verdad vas a seguir evitándome? —fue lo primero que escuché detrás de mí mientras recogía los juguetes que Amelia había dejado regados por la sala.No necesito ni un segundo para reconocer esa voz.Y con ese tono que usa cuando intenta sonar tranquilo, pero en el fondo está más tenso que el elástico de un calzón barato.—No te estoy evitando —respondí, sin voltearme.O sea, sí lo estaba haciendo, pero tampoco lo iba a confesar tan rápido.—Lulú… —su respiración me rozó la nuca, caliente y cerquita—. Me estás evitando desde ayer.—No —insistí mientras levantaba una muñeca con el pelo hecho nudo—. Solo estoy ocupada.—Ah, sí, claro… súper ocupada peleando con un unicornio de peluche —refutó.Me giré para mirarlo mal. Error. Porque el muy desgraciado me estaba viendo con esa sonrisa de medio lado que siempre me derrite la dignidad.—¿Qué quieres, Daniel? —pregunté, sin esfuerzo por sonar amable.Él soltó aire, como si llevara horas conteniéndose.—Quiero hablar contigo. Bien.
Último capítulo