VALENTINA
El día amaneció con una luz pálida y fría, pero en el orfanato, por primera vez en semanas, había un pulso de esperanza. Los niños volvían. No todos, los más pequeños aún necesitaban observación.
Desde mi ventana, en el segundo piso donde me habían confinado a "tareas administrativas" lejos de las áreas comunes, vi el automóvil de la beneficencia detenerse en el patio. El corazón me dio un vuelco salvaje, un impulso animal de correr, de abrazarlos, de comprobar con mis propias manos que estaban vivos, que sus risas no se habían apagado.
Me sequé las manos en el hábito y bajé las escaleras con una emoción que no sentía desde hacía tiempo. El pasillo principal bullía con una actividad inusual: Sor Beatrice colgaba un letró torcido que decía "¡BIENVENIDOS A CASA!", Sor Giulietta repartía pequeñas banderas de papel entre las hermanas más jóvenes. En el aire flotaba el aroma de pan recién horneado, un lujo que no nos podíamos permitir.
Pero cuando crucé el umbral hacia el vestíbu