CAPITULO 41

DORIAN

Giuseppe esperaba junto al auto, su silueta inmóvil recortada contra la luz neón del letrero del restaurante. Su postura rígida, las manos cruzadas delante del cuerpo, era el primer aviso. No se ponía así por un problema cualquiera.

Abrí la puerta trasera del Bentley y me dejé caer en el asiento de cuero. El portazo resonó como un disparo amortiguado en la noche húmeda. El interior olía a limpiador caro y a la tensión que Giuseppe traía consigo desde la acera.

Él subió al volante, pero no encendió el motor. No dijo "buenas noches, padrone". Solo se quedó quieto, mirando al frente, pero su atención estaba clavada en mí a través del espejo retrovisor.

—Al fin sales —dijo, su voz más áspera de lo habitual—. Tenemos un problema. Gordo.

Mis ojos, pesados por el bourbo

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