VALENTINA
Un escalofrío me recorrió la columna, como si el mismísimo infierno me envolviera. Y aun así… mi cuerpo no retrocedía.
—Y si me niego… —mi voz salió más débil de lo que quise.
—Ya no esperare un mes mañana mismo doy la orden de demolición del lugar. Los niños serán echados a la calle. La Iglesia no moverá un dedo. Pero tú, Valentina… tú vas a recordarme. Estés sola en esa cama estrecha, con las piernas cerradas y la culpa ardiendo entre ellas… pensarás en mí.
Sentí sus dedos rozar mi velo, lento, reverente, como si tocara una reliquia, lo deslizó por mi cuello, justo donde mi pulso golpeaba como un tambor.
—Dime que no sentiste el fuego prohibid d eapisom aquella noche —su voz era veneno dulce—. Ese beso… no fue un favor, fue un inicio.
Lo miré con los ojos húmedos, brillantes. Mi cuerpo traicionaba lo que mi alma quería negar. Mi respiración se quebraba, mi corazón se me escapaba del pecho.
—Fue un error… —susurré.
—¿Y por qué tiemblas ahora? —me desafió.
No respondí. Él s