VALENTINA
Un escalofrío me recorrió la columna, como si el mismísimo infierno me envolviera. Y aun así… mi cuerpo no retrocedía.
—Y si me niego… —mi voz salió más débil de lo que quise.
—Ya no esperare un mes mañana mismo doy la orden de demolición del lugar. Los niños serán echados a la calle. La Iglesia no moverá un dedo. Pero tú, Valentina… tú vas a recordarme. Estés sola en esa cama estrecha, con las piernas cerradas y la culpa ardiendo entre ellas… pensarás en mí.
Sentí sus dedos rozar mi