VALENTINA
Desperté de golpe, con el corazón martilleándome las costillas. No había truenos. La tormenta había pasado, dejando a su paso un silencio espeso, cargado de humedad y de un olor penetrante que no pertenecía a la noche limpia.
Era humo. Un olor espeso, dulzón y maligno a madera chamuscada que se había infiltrado en cada rendija de la celda.
Me incorporé de un salto, los pies descalzos encontrando el suelo frío de piedra. Sólo llevaba el camisón de lino, demasiado fino para el escalofrío que me recorrió. No hubo tiempo de buscar un abrigo. Salí al pasillo, y la escena me heló la sangre.
No había llamas visibles desde aquí, pero el pasillo principal estaba velado por una neblina grisácea y movediza que se arrastraba por el techo como un ser vivo. Venía, sin duda, del ala norte. Del refectorio, de los archivos… del corazón administrativo de nuestra ya frágil existencia.
El grito se me escapó antes de poder contenerlo, rasgando el silencio prematuro de la madrugada.
—¡Incendio! ¡