VALENTINA
Desperté de golpe, con el corazón martilleándome las costillas. No había truenos. La tormenta había pasado, dejando a su paso un silencio espeso, cargado de humedad y de un olor penetrante que no pertenecía a la noche limpia.
Era humo. Un olor espeso, dulzón y maligno a madera chamuscada que se había infiltrado en cada rendija de la celda.
Me incorporé de un salto, los pies descalzos encontrando el suelo frío de piedra. Sólo llevaba el camisón de lino, demasiado fino para el escalofrí