El teléfono vibra sobre el mantel de lino, es Gaetano. Su nombre en la pantalla es el único que podría interrumpir esta cena de apariencias. Respondo con un gesto casi imperceptible.
—Habla.
—Está hecho —dice su voz al otro lado—. La deuda del hospital, saldada al completo. Los proveedores de medicamentos ya tienen instrucciones; recibirán todo lo necesario, y lo mejor. Tengo el informe forense: el veneno fue rodenticida, de los fuertes, mezclado con la sopa. Los niños están estables; el más pequeño, Matteo, requiere observación, pero sobrevivirá. He transferido una suma a la cuenta del orfanato, suficiente para que respiren un mes, quizás dos, si son prudentes.
Escucho, haciendo girar lentamente la copa de vino tinto entre los dedos. La información es buena, limpia. Pero es solo el envoltorio.
—¿Quién puso el veneno? —pregunto.
Gaetano hace una breve pausa, la de quien elige las palabras con el cuidado de quien manipula explosivos. —Una de las cocineras. Estoy siguiendo el rastro, pe