VALENTINAEsa noche, cuando por fin me encierro en mi celda, sé que algo dentro de mí no está bien… o quizá sí, pero no como debería estar. Cierro la puerta con cuidado, como si temiera que el sonido del cerrojo despertara a Dios. Me apoyo contra la madera y cierro los ojos. El silencio del convento no me calma. Me acusa. Y entonces vuelve él. El recuerdo de su aliento tibio rozándome la piel, el peso de su cuerpo herido apoyado contra el mío, ese beso oscuro, profundo, como una blasfemia pronunciada sin arrepentimiento. No fue violencia. Fue abandono. Fue deseo. Y yo lo permití. No recé. No me aparté. Abrí los labios y me rendí.Camino hasta el camastro sin encender la vela. La luna entra por la ventana estrecha, pálida, miserable, iluminando solo lo que quiere castigar. Me despojo del hábito, y la lana negra cae al suelo como una sombra derrotada. Me queda el camisón blanco, tan fino que la luna lo atraviesa, revelando la curva de mis caderas, el perfil de mis pechos, la sombra entr
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